ENTREVISTA A JIMMY MARROQUÍN LAZO

JIMMY MARROQUIN LAZO: «TANTO EN MI GENERACIÓN COMO EN LA ACTUAL PERCIBO UNA MISMA VIRTUD Y, A LA VEZ, UN DEFECTO: UNA CIERTA PROPENSIÓN A PUBLICAR DEMASIADO. CREO QUE LOS POETAS DEBERÍAN EJERCER UNA MIRADA MÁS CRÍTICA SOBRE LO QUE PUBLICAN Y COMPRENDER QUE PUBLICAR ES UN ACTO DE GRAN RESPONSABILIDAD ESTÉTICA Y ÉTICA»

Jimmy Marroquín Lazo* es poeta y abogado. Siguió estudios de Derecho en la Universidad Nacional de San Agustín y de Literatura en la misma casa de estudios. Ha cursado maestrías en Literatura y Derecho en universidades de la capital y ha trabajado como docente universitario y asesor del Tribunal Constitucional. Sin embargo, es, en esencia, poeta, y tiene hasta el momento publicados los libros Dinámica del fuego (1999), Teoría angélica (2006), Antropología de la espuma (2008) y Elogio de la ruina (2018). Además, obtuvo el Premio Copé de plata en la categoría poesía en el año 2001. En esta ocasión, El Hacedor conversó con él sobre sus preocupaciones literarias, su formación vocacional y sus futuros proyectos poéticos.


Sebastián: ¿Cuál es la idea que motiva cada uno de los poemarios que ha publicado hasta ahora?

Jimmy: Considero que cuando uno publica un poema y se ve confrontado con él, empieza realmente a cobrar sentido la comparación con otras lecturas. Cuando me sucedió eso, comencé a preguntarme por qué escribía y qué era lo que realmente quería proponerme. Ese proceso me tomó varios meses, incluso años, hasta que llegué a la conclusión de que en muchos de mis poemas se repetía un mismo símbolo: el fuego. Entonces decidí reescribir los textos que tenía, darles una nueva forma y una consonancia distinta. Gracias a ello, después de dos años, logré culminar mi primer libro, Dinámica del fuego (1999). Varios amigos a quienes aprecio me dijeron que les había gustado, y eso me animó a publicarlo. Sin embargo, en ese tiempo no era tan fácil hacerlo como ahora; el proceso demoró entre ocho y nueve años. Finalmente, con la ayuda de mi amigo Elard Serruto, pude concretar su publicación. Después, motivado por otras lecturas, emprendí la escritura de un nuevo texto que logré publicar en cuatro años. No me considero un poeta de las vivencias; quizá soy más cercano a Borges, quien plasmaba en sus obras sus pensamientos antes que sus experiencias.

También publiqué poemas en revistas. Recuerdo que una de las primeras se llamaba La Mosca Académica. Esos textos me animaron a participar en el Premio Copé, pues sabía que el conjunto era sólido en su temática. Cuando uno se presenta a un concurso debe hacerlo con convicción en el texto que presenta, y me alegró mucho haber obtenido el segundo lugar. Ese reconocimiento afianzó mi motivación para seguir escribiendo, ya que el trabajo poético requiere de mucho esfuerzo, sobre todo en la reescritura y la corrección. Sin embargo, el problema de los premios es que pueden llevar a una autocomplacencia nociva. Por eso, busqué nuevos símbolos, como lo había hecho antes con el fuego, pero esta vez el resultado no fue el esperado. Así nació Antropología de la espuma (2008), un texto que considero fallido, porque fue fruto de una búsqueda demasiado consciente, y eso me dejó insatisfecho. Decidí, entonces, detener la distribución de ese libro.

El cuarto texto que escribí es breve y se enfoca en ideas filosóficas libres. En ese tiempo estaba estudiando Filosofía, aunque no pude concluir la carrera porque también cursaba Derecho y Literatura, y no disponía de mucho tiempo. Aun así, guardo una gran estima por la Filosofía, porque la considero esencial: permite hurgar en el mundo y en uno mismo.

Anthony: ¿Por qué decidió publicar un libro de poesía reunida? Me refiero a Elogio de la ruina (2018) ¿Esta publicación cierra una etapa en su poesía para dar paso a otra, o tiene otro tipo de implicancias?

Jimmy: Siempre recupero a Borges, que es tan medular en la literatura: uno debe estar más feliz de sus lecturas que de lo que escribe. Me parece que la actitud crítica frente a la escritura es absolutamente imperativa cuando uno ya ha publicado textos iniciales y debe ser incluso implacable. Considero que, cuando uno ya no tiene nada esencial que decir o comunicar como escritor, publicar se vuelve un acto superfluo. La reiteración, en ese sentido, se opone a la ética de la escritura, porque escribir, al menos para mí, es un acto de conocimiento. Si ese conocimiento deja de ser una forma de comunicación, entonces ya no tiene sentido publicar. En cuanto a la recopilación, la realicé porque habían pasado alrededor de veinte años desde la publicación de mis primeros libros, y sentí la necesidad de que esos textos pudieran dialogar con los lectores jóvenes. Después de publicarlo, algunos de ellos me comentaron que les gustó, y otros, que no. Pero eso es algo que está fuera del control del autor; más bien depende de la simbiosis entre el lector y el texto. Si un libro sigue generando lecturas, interpretaciones y una incitación hermenéutica, entonces ese texto sigue vivo. Un ejemplo claro es la poesía de César Vallejo: han pasado más de cien años, pero Trilce (1922) continúa suscitando nuevas lecturas y liberando significados. Esa capacidad de seguir revelando sentidos es, para mí, la verdadera medida de la vigencia de una obra.

Yo no he vuelto a publicar hace varios años porque sentía que los nuevos poemarios que estaba escribiendo reiteraban el mismo tono y parecidos temas que ya había abordado en mis libros anteriores. Como te comentaba, para algunos poetas talentosos la constancia en la escritura les facilita dominar la técnica compositiva; sin embargo, sobre esa base, muchos han incurrido en el acto antiético de publicar sin una verdadera actitud crítica. Por eso han terminado repitiendo temas y perspectivas cognoscitivas ya tratadas en sus obras previas. Un ejemplo emblemático sería Neruda: tiene textos extraordinarios, también fundacionales, como Residencia en la tierra o Canto General, pero también muchos libros posteriores reiterativos, y esa repetición termina debilitando el sentido y la fuerza de sus primeros libros. Este fenómeno no solo ocurre en la poesía peruana, sino también en la latinoamericana e incluso mundial. Creo que la contención es algo que cuesta mucho a los escritores, y está íntimamente ligada a la mirada crítica. Si un poeta no es capaz de ejercer una crítica severa sobre su propio trabajo, difícilmente podrá hacer una gran literatura. Por ello, volví a escribir después de varios años, cuando por fin sentí cierta distancia con mis primeras obras, y ahora estoy intentando elaborar algo distinto. Es probable que publique el próximo año, porque siento que lo que estoy escribiendo actualmente tiene una naturaleza diferente.

Sebastián: En la década de los ochenta, en Arequipa, existía una gran efervescencia de revistas literarias. ¿Cómo percibe la escena literaria arequipeña actual? ¿Qué diferencias encuentra con la del siglo pasado?

Jimmy: La verdad yo no me siento tan viejo, pero bueno, la objetividad etaria es inclemente, tengo cincuenta y cinco. Empecé a publicar en la década del 90, tengo muchos amigos de la generación del 80, aunque, por principio, en lo que incumbe a la literatura, no creo en estas cosas de las generaciones. Pero sí hay ciertos impulsos que hacen que haya cierto grado de fraternidad entre personas que suelen ser vecinas cronológicamente. Yo empecé a publicar en la década de los noventa, pero también tengo amigos que pertenecen a las generaciones previas y posteriores. A los poetas del 80 los veía como escritores consagrados, aunque no eran mucho mayores que yo. Varios de ellos se convirtieron en mis amigos, y solíamos conversar de temas muy diversos, sobre todo de poesía y literatura. No eran de sesenta o setenta años. Eran gente de treinta, treinta y cinco años que ya imponían una suerte de trayectoria. Con varios de ellos fuimos amigos, con Alonso Ruiz Rosas, con Oswaldo Chanove, con José Gabriel Valdivia, Leandro Medina, Lolo Palza, Alfredo Herrera. Algunos de ellos habían sacado las revistas Ómnibus, Macho Cabrío, La gran Flauta y Eclosión. Pero creo que, en ese tiempo, cuando los conocí en el 90, ya no se publicaban. Y sí, lo que más me llamó la atención de esa generación fue su impulso por crear revistas, por sus afinidades colectivas. Desde luego, eran personas con las cuales uno podía conversar de lo mejor. En ese tiempo, no sé si ahora continúe, había el ímpetu de conversar largamente, aunque no como una bohemia subversiva. Pero sí eran conversaciones donde el alcohol finalmente era pretexto para dialogar mucho sobre poesía, narrativa y filosofía. Mi grupo de conversa e iniciación literaria estaba compuesto, básica, y entrañablemente, por Fernando Rivera, Elard Serruto y Raúl Aquino. Tiempo después llegó Javier de Taboada. Recuerdo que, junto a poetas amigos del 90, como Mirta Núñez, Víctor Ingunza, José Carlos Tapia y Carlos Capellino publicamos una revista que demoró casi dos años en ver la luz, Estigia. La UNSA la financió, porque en ese tiempo publicar era muy difícil. Cuando finalmente salió, tratamos de elaborar un pequeño manifiesto, porque no nos sentíamos muy vinculados a la idea de los grandilocuentes manifiestos políticos; habíamos leído bastante de esa retórica que practicaban sobre todo los grupos de Lima, y no nos agradaba. Así que decidimos escribir nuestro propio manifiesto que no tenían nada de político, pero sí de literario, en el que expresamos una postura poética que se distanciaba de la poesía coloquial, tan influyente en la década de los setenta y ochenta, la poesía conversacional, ambulatoria, que se lanzaba a las calles a gritar, pegar afiches. Y sentíamos que la poesía debía ser un trabajo más consciente, menos coyuntural.

Así se publicó Estigia y luego de dos años impulsamos, con más amigos, otra revista llamada La Mosca Académica, que congregó a pintores, narradores e incluso ensayistas. Una actitud que era muy recurrente en los grupos del 80 era de una cierta pugna entre grupos poéticos, que a veces se vilipendiaban. Eso no acontecía en el 90; por el contrario, había, sino fraternidad, respeto entre varios grupos, aunque, desde luego, conservaban sus espacios y autonomía. Luego, con mis compañeros de Derecho, fundamos una revista llamada Cortina de Humo entre los años 1999 y 2000. Y en el ámbito de la Escuela de Literatura, también participé con otro grupo de grandes amigos (como Fernando Rivera, Goyo Torres y Juan Pablo Heredia), en Claraboya, una revista que alcanzó tres o cuatro números; recuerdo haber publicado poemas en el primero y en el último de ellos.

La principal diferencia entre la Arequipa de esos años y la actual radica en el desvanecimiento de cierta concepción romántica sobre la poesía y los poetas (felizmente) y en la producción de revistas. En ese entonces, existía una fuerte necesidad de publicar y de generar espacios de intercambio. Hoy, aunque la tecnología ha avanzado, paradójicamente, me parece, hay menos publicaciones literarias colectivas.

Anthony: Desde su perspectiva, ¿qué opina del panorama poético actual en el Perú? ¿Hay algún poeta joven cuya obra haya leído y le haya entusiasmado?

Jimmy: El Perú es, sin duda, un país de poetas. Tenemos a César Vallejo, que es un poeta universal y, quizás, el más importante de la lengua española en el siglo XX; a Eguren, Adán y Eielson. Por semejanza, pienso en el caso de Cuba, donde existió una revista extraordinaria llamada Orígenes, que reunió a poetas estupendos como José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Cintio Vitier, Fina García Marruz y Eliseo Diego. Es sorprendente cómo un país tan pequeño se convirtió en un verdadero fortín del cosmopolitismo literario. La Habana es incluso más pequeña que Arequipa. En la actualidad hay muchos jóvenes poetas con talento en nuestro país, pero creo que, para que un escritor sea realmente un buen poeta, no basta con tener talento: debe también decir algo más; que el experimentalismo no sacrifique la hondura, si cabe. He leído a varios poetas jóvenes que publican en Arequipa, muchos muy talentosos; dos de ellos, Jasmin Carmina y Moisés Jiménez, me interesan mucho. Me gusta lo que escriben y la actitud que tienen frente a la poesía y la literatura en general.

Tanto en mi generación como en las actuales (e incluso pasadas, y no solo en Arequipa, sino sobre todo en Lima) percibo una misma virtud y, a la vez, un defecto: una cierta propensión a publicar demasiado. Creo que los poetas deberían ejercer una mirada más crítica sobre lo que publican y comprender que publicar es un acto de gran responsabilidad estética y ética. También me interesan mucho las poetas mujeres. Una de las ventajas de la tecnología hoy en día, y cosas como internet, es que permite acceder a la lectura de diversas voces. He leído, por ejemplo, a María Miranda, Mirtha Núñez, Katherine Medina, Ana María Flores, Esther Castañeda, Moria Balarino y Ana Carolina Zegarra; me parece valioso que, aparte de su talento, posean universos poéticos muy distintos. Por otro lado, también podría destacar a Carlos Quenaya, Heiner Valdivia, Grover Anco, Óscar Saldívar, Víctor Ingunza, Jimmy Barrios, José Carlos Tapia, Martín Zúñiga o a Luis Ormachea. Sin embargo, creo que aún es prematuro hacer juicios sobre su poesía, ya que deben tener nuevos proyectos en mente, tal vez distintos a lo que han publicado hasta hoy. Por ejemplo, en el caso de Oswaldo Chanove, ha tenido que pasar más de 40 años desde su primera publicación para que se le considere un poeta de consistencia mayor. Tampoco puedo omitir que, entre los poetas mayores, reconozco como los más importantes en nuestro país a Carlos López Degregori, Mario Montalbetti, el mismo Chanove o Maurizio Medo.

Sebastián: ¿Cuáles son sus referentes literarios?

 

Jimmy: Desde joven leía a muchos poetas, aunque con el tiempo varias de esas lecturas se han ido desdibujando, sobre todo porque algunos de esos autores incurrieron en una falta de autocrítica. Ya no los volvería a leer, entre otras cosas porque aún me quedan muchos escritores por descubrir. En la narrativa ocurre un caso similar, era desde luego muy entusiasta y devoto de la literatura del boom. Ahora no tanto, salvo Cortázar y el Gabo, aunque sin el fervor pretérito. Debo mencionar en primer lugar a Borges, de quien siempre rescato algo nuevo en cada lectura. Borges siempre dice cosas profundas, siempre es inagotable; y, en poesía, a César Vallejo, cuyas obras me producen un asombro y encantamiento continuos. También hay narradores periféricos al boom que me parece que dicen mucho, o al menos cosas más actuales; por ejemplo, Ricardo Piglia, que es un argentino que aprecio mucho; Saer, Bolaño, Abelardo Castillo, Sergio Pitol, Onetti, Rulfo, Felisberto Hernández, Mario Levrero. Entre los poetas latinoamericanos, siempre he leído con entusiasmo a Lezama, Lihn, Zurita, Hahn, Girri, Juarroz, Pacheco, Deniz, David Huerta, Marossa di Giorgio y las poetas uruguayas, Milán, los Noigandres, Ledo Ivo, Leminski, Jaime Sáenz, los neobarrocos… Y de los peruanos podría mencionar a Adán, Moro, Westphalen, Eielson, el entrañable Rose, Varela, Pepe Ruiz Rosas, Edgar Guzmán, Calvo, Lauer. Hay un poeta de la década de los sesenta que no leía mucho y que me parece ahora un poeta extraordinario, que es Juan Ojeda. De joven leía mucho a Antonio Cisneros y a Rodolfo Hinostroza; ahora menos. Y entre los poetas peruanos de los últimos años que más me interesan, destacaría, aparte de López Degregori y Montalbetti, que ya cité, a José Watanabe y Magdalena Chocano.

Anthony: A inicios de los años dos mil, usted dirigió una antología junto a Hugo Yuen y Carlos Quenaya titulada Enemigo rumor en la que buscó reunir a diversos poetas aparecidos entre 1990 y 2005. Nos gustaría que nos comente cómo fue su experiencia al realizarla y qué criterios estableció para esa selección.

Jimmy: Lo que ocurrió fue que sentía que muchos poetas de la década del noventa no habían sido suficientemente difundidos, debido a las dificultades que existían en ese tiempo para publicar. Por otro lado, percibía que desde los años sesenta hasta los ochenta se había consolidado una suerte de tradición poética con cierto prestigio, que imponía al poeta la necesidad de presentarse como una figura importante o relevante dentro del mundo literario. Frente a eso, notaba que varios escritores estaban escribiendo a contracorriente, explorando poéticas más marginales, con inclinaciones surrealistas o con una actitud crítica frente al propio estatuto de la poesía. Me pareció pertinente realizar una muestra que diera cuenta de esa diversidad y de esas búsquedas menos visibles. Desde luego, hubo resistencia. Algunos poetas decidieron no incluirse, quizá porque eran demasiado tributarios de una poética ya revisitada. Finalmente, logré reunir entre doce y catorce autores, de los cuales solo tres eran mujeres. Los que no fueron seleccionados se sintieron incómodos, incluso lo tomaron de forma personal. Aun así, me sentí satisfecho con el resultado. Los poetas que sí fueron incluidos me comentaron que la antología les sirvió mucho, y recuerdo con alegría que dos de ellos comenzaron a publicar a partir de esa experiencia.

Sebastián: ¿Qué consejos les daría a quienes desean dedicarse al oficio de escribir poesía?

Jimmy: No les daría ningún consejo específico, porque en la juventud uno debe ser todo lo iconoclasta que tenga que ser al momento de escribir. Solo les diría que sean conscientes de que el tiempo del escritor primerizo es efímero, y que no se puede volver atrás. Por eso es fundamental ser autocrítico y no tener miedo de reescribir cuantas veces sea necesario. La escritura es, justamente, ese proceso de revisión constante. Así, cuando alcancen más madurez, podrán asumir con responsabilidad lo que publican y evitar el error de publicar por publicar.

Anthony: En esta nueva poesía que ha venido trabajando en los últimos años, ¿qué aspectos la hacen distinta en comparación con sus obras anteriores?

Jimmy: Hay varios elementos que no estaban presentes en mis primeras publicaciones. Uno de ellos es el humor, pero no como una ironía fácil, sino entendido como sarcasmo idiomático, que para mí tiene una profundidad muy particular, muy liberadora. Ese tono me ha llevado hacia una actitud más irónica y distante frente a ciertos discursos poéticos que suelen gozar de prestigio (tanto los que reposan su legibilidad y legitimidad en agendas políticas, o identitarias, o neorrealistas, o ingenuamente líricas; como los vanguardistas, que recusan, con cursi anacronía, el estatuto mismo de lo poético). Por decirlo más llanamente, para indagar sobre el ser o el hacer no es necesario vestir deliberadamente (al hablante poético, digo) túnica y sandalias sagradas, o chullos, o banderitas, o jean y zapatillas; basta con teclear, borrar, volver a teclear y enjuiciar severamente lo que sale. Por otro lado, he estado indagando mucho sobre las cuestiones del discurso, las estrategias figurales y la representación, lo cual me ha ayudado a articular y desarticular la idea misma de representar. En ese proceso, he recurrido al teatro, y he construido estratos discursivos que, en realidad, son pequeñas piezas teatrales, que fingen representar, nótese el pleonasmo. Pero no es teatro, desde luego; es, espero, poesía. Estoy tratando de alejarme lo más que pueda del patetismo.

Sebastián: ¿Cuál considera que es la utilidad o la función de la poesía en la sociedad? ¿Qué sentido tiene?

Jimmy: Con la poesía no se cambia el mundo, es algo que está claro. Con la poesía tampoco se gobierna un país ni se ganan (o se pierden) elecciones, para no hablar de revoluciones. Tampoco se gestionan espacios públicos, y dudo que los privados. Sin embargo, para mí la poesía sí tiene una entidad muy importante: comunica conocimiento. Para mí ese estatuto de la poesía, el de la más alta poesía, la verdadera poesía —para utilizar una perogrullada— es el de que permite conocer. En buena cuenta, y desde mi experiencia como lector, hablo del no sé que queda columbrado por San Juan de la Cruz. Esto es, que la lectura de un texto poético produzca un cimbramiento, una remezón, que haga posible que se pueda ver más allá de lo que antes se podía ver, o entender; que haga, en fin, posible, vislumbrar lo que no se había comprendido en su debida dimensión. Que se sienta la proximidad, o que esté uno en posesión, de la potencia plena, reveladora, de lo inexpresable. Eso me parece algo muy hondo y que se entronca con lo más preciado de nuestro sentido humano, ¿no?

 

Jimmy Marroquín (Arequipa, 1970). Estudió Derecho y Literatura en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Es autor de los poemarios Dinámica del fuego (1999), Teoría angélica (2006), Antropología de la espuma (2008) y Elogio de la ruina (2018), este último reúne su obra poética completaGanador del Premio Copé de Plata. Como abogado, se desempeña como asesor en el Tribunal Constitucional del Perú. Tuvo a su cargo el curso de Derecho y Literatura en la Universidad Ricardo Palma. 

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