ENTREVISTA A ZOILA VEGA SALVATIERRA
ZOILA VEGA SALVATIERRA: «LAS
ARTES TE AYUDAN A VIVIR, A SUPERAR ESA ANGUSTIA EXISTENCIAL CON LA QUE NACEMOS.
TE AYUDAN NO SOLO A EVADIR LA REALIDAD, SINO A DESCIFRAR ESTA VIDA DE UNA U
OTRA FORMA, INCLUSO SIN PALABRAS, SOLAMENTE CON UNA IDEA»
Zoila Vega Salvatierra* es una de las artistas más completas y talentosas aparecidas en el sur del Perú. Su carrera artística se ha alternado entre la música y la literatura, consiguiendo en ambas disciplinas un gran reconocimiento a nivel nacional. A propósito de la publicación de su última novela, Sebastián Alva de El Hacedor conversó con ella para conocer más sobre su formación literaria e intereses artísticos.
Sebastián: Según tengo
entendido, Cantan al hablar (2025) inicialmente se presentó como Teclas
en el Concurso Bienal Copé en la categoría novela hace ya más de diez años.
¿Cómo se dio la oportunidad para publicarla ahora con Seix Barral? Y, además,
¿modificó muchas cosas en la novela desde su versión original?
Zoila: No, la verdad que
no. Sí es verdad que ganó con el título Teclas, pero la versión que ganó
la mención honrosa de Copé en 2013 es casi la misma que ha llegado a la
imprenta. Mi editor hizo algunas correcciones menores, pero por ahí en lugar de
una preposición «a», la cambió por un «con» (risas), algo así, ¿no? Pero fueron
mínimas. Me hizo llegar el vaciado de las modificaciones. Habrán sido a lo
mucho diez, no llegan a tantas. Él me dijo incluso una cosa que me ha gustado
mucho: que la novela estaba limpia, que no necesitaba mayor intervención; y por
eso se ha publicado casi tal cual. En cuanto al título sí fue una propuesta de
mi editor, Víctor Ruiz Velazco, y me pareció muy buena la sugerencia, porque es
una especie de título que no solo alude a que los pianos hablan y que cantamos
con nuestros instrumentos, sino que los arequipeños también cantamos al hablar.
Claro que para los músicos funciona más el título Teclas, pero porque
son músicos (risas).
Sebastián: Algo que destaca en
su obra narrativa en conjunto es esta exploración interdisciplinaria que
propone al juntar literatura y otras artes como la arquitectura, la pintura o
la música. ¿Tiene más proyectos literarios en donde explore otras artes o
disciplinas? ¿O con «Cantan al hablar» ya ha cerrado un ciclo en su escritura?
Zoila: Yo pensé eso. Yo
pensé que esa iba a ser mi tercera novela. Yo no publico en orden; es decir, no
publico en el orden en el que escribo. Las Saucedo (2015) fue primero, Cápac
Cocha (2006) vino después y Teclas es posterior, pero no es lo
último que he hecho. Yo creí cerrar una trilogía dedicada al arte que
involucraba Cápac Cocha desde la arquitectura, Acuarelas (2012)
desde la pintura y Cantan al hablar (2025) con la música. Pero ahora
estoy escribiendo algo sobre la zarzuela que me está divirtiendo muchísimo. Las
otras novelas que tengo no están vinculadas al arte, a ninguna expresión
artística, aunque si reflejaré la pintura. La misma música aparece de vez en
cuando. Pero no es un leitmotiv mío. Por lo pronto son esas tres, pero
por lo visto no he cerrado el caño de ese lado.
Sebastián: Como musicóloga y
también escritora, ¿qué procedimientos realiza para hacer dialogar las
diferentes artes? ¿Cómo establece relaciones entre la pintura, la música, la
literatura y, digamos, el cine?
Zoila: Exactamente cómo,
no lo sé. Yo te puedo decir que, por ejemplo, soy muy cinemática cuando
escribo. Yo la escena la ruedo en la cabeza como si estuviera viendo una
película. Entonces, cuando la escribo, lo hago como la estoy viendo en la
cabeza. Generalmente, la escena la termino primero en mi cabeza y después la
escribo. Es mucho más fácil. Ya solamente sentarse a escribir es transcribir lo
que uno ve. Cuando no tengo la escena desarrollada en mente es cuando me
planto. Y entonces empiezan los problemas porque no veo la cinemática, ya sea
una novela de acción o una escena de acción, o una escena íntima, o una
conversación. A veces es un poco difícil si no lo visualizo.
También me es muy fácil diseñar
escenas con fondos musicales. A veces pongo música y digo: «Ajá, esto sirve,
podría servir de soundtrack a esta escena que estoy pensando». Cuando escribí
Acuarelas, las pinturas que describo en la novela son las de mi papá, y
están colgadas en el muro de su casa. Lo que pasó es que yo estaba sentada con
el ordenador en las rodillas, en el sofá de la sala y miraba la acuarela, y
entonces empezaba a describirla. Y como conozco los trasfondos de la pintura y
mi padre me ha enseñado mucho sobre su oficio de pintor, entonces podía agregar
detalles. Sí considero que hay una relación entre las artes y definitivamente
cuando yo corrijo soy muy musical. Yo corrijo en voz alta, leo mucho o le hago
leer al bot del Word si no me queda la voz. Ahí me doy cuenta de las
cacofonías, de las malas comas, de cuándo debe ir un punto en lugar de una coma
o al revés, o si estoy repitiendo mucho una palabra o si estoy haciendo una
oración demasiado larga. Me funciona el oído para el ritmo, la cadencia. La funcionalidad
de la palabra. No puedo teorizarlo, pero sí utilizo imagen, movimiento,
figuras, sonidos y palabras. Todo a la vez.
Sebastián: Coméntenos un poco
sobre su formación literaria, ¿recuerda algún momento, un libro o una persona
que haya marcado su vocación por la escritura?
Zoila: Mi papá. Mi papá es
poeta además de pintor, y es un poeta muy conocido en Arequipa desde la
generación del cincuenta. Y su hermano menor, mi tío, que es cuatro años menor,
es César Vega Herrera. Él es Premio Nacional de Teatro. Es uno de los mejores
dramaturgos que tiene el Perú. Él vive en Lima, ha hecho toda su carrera allá.
Es un escritor fantástico de teatro. Mi padre solo se ha dedicado a la poesía y
últimamente está escribiendo un cuento porque tiene noventa y tres años. Desde
que tengo memoria lo he visto sentado en una máquina de escribir, escribiendo
poemas, corrigiendo en voz alta. Yo a veces estaba jugando con mis muñecas y
volteaba y me decía: «¿Qué verso te parece mejor? Porque el verso tiene que ser
constante, tiene que ser redondo, tiene que estar encadenado y tiene que tener
estas características». Y yo le respondía: «¿Eh?». Toda mi vida lo he visto
escribir, he leído lo que hace y me ha hecho leer mucho. Yo tenía cuatro años y
me ponía El Quijote en disco. Nuestra perra se llamaba Dulcinea. Yo soy
consciente de que en la primaria yo tenía un vocabulario enorme y una
ortografía impecable porque él mismo me enseñaba. Y desde que tengo conciencia
he escuchado frases como: «La novela debe tener esto», «los grandes novelistas
son estos», «los grandes poetas son aquellos», «este es Vallejo», «mira, este
es Rubén Darío», «este es Machado», «estos son los escritores ingleses, los
novelistas rusos». Si yo conozco algo de literatura es porque él me ha enseñado
toda mi vida de una manera muy agradable. Claro, a veces más parecemos hermanos
que padre e hija. Pero yo nunca estudié Literatura en la universidad. De hecho,
yo quise estudiarla. Alguna vez pregunté en casa si debía estudiar Literatura
porque mi madre era psicóloga y me hizo un test vocacional. Pero yo ya tocaba
desde los tres años. A los quince entré a trabajar en la Orquesta Sinfónica. A
los dieciséis, cuando salí del colegio, mi madre me hizo el test y me dijo: «Lo
que te salga y te gusta, eso vas a estudiar. Nosotros te apoyamos con lo que tú
quieres». Salió Literatura. Un par de puntos más abajo Música y otro par de
puntos más abajo Artes Plásticas. En todo lo demás, cero. Yo quería estudiar
Literatura porque yo quería escribir, pero ya trabajaba en la orquesta, tocaba
el violín toda mi vida: me gustaba la música. Fue ahí cuando mi papá me dijo: «Bueno,
¿y tú por qué quieres estudiar Literatura?». «Porque quiero escribir». «Entonces
no, no estudies Literatura. Lee mucho, escribe mucho, corrige mucho», me dijo.
Son palabras que después se las escuché a Mario Vargas Llosa alguna vez en una
entrevista. Entonces le hice caso y leí mucho, escribí mucho, corregí mucho y
seguí tocando y estudiando y haciendo música. A veces me siento un poco acomplejada,
porque tengo colegas en la Escuela de Literatura que son literatos, teóricos,
académicos, estudiosos de la lengua, de la literatura y de la escritura. Yo no.
Yo solo escribo.
Sebastián: ¿Cuáles son sus
referentes literarios? Autores de cabecera o aquellos a los que recurre cuando
necesita inspiración para iniciar un nuevo proyecto narrativo.
Zoila: No recurro a nadie
para buscar inspiración, porque si uno no está inspirado, no escribe. Podría
mencionar a García Márquez, Saramago, Jane Austen, las hermanas Brontë,
Cervantes, Julio Verne, Horario Quiroga, Jorge Edwards, Julio Ramón Ribeyro o Ricardo
Palma, para mantener el tono, el humor. Y a Orhan Pamuk, sus novelas Nieve (2002)
y Me llamo Rojo (1998) me han inspirado mucho. Y también a los
escritores del siglo XVII francés, La princesa de Cleves (1678) de
Madame de Lafayette, entre otros. Balzac, Víctor Hugo, Tolstoi, Chejov, Melville, Jack London, Tennesse Williams,
Fitzgerald, mi favorito Edgar Allan Poe y Lovecraft. Me encanta cómo
Lovecraft pinta el terror solo con palabras y esas atmósferas que crea. Sin
embargo, creo que García Márquez ha sido el que más me ha influido.
Sebastián: ¿Tiene otros
referentes artísticos que nos pueda mencionar? En cine, música, pintura,
teatro…
Zoila: En el cine Werner
Herzog, Luis Buñuel. Pero me gusta Spielberg. Creo que Nolan es un genio. Stanley
Kubrick también. Tiene esa trepidación de narrar sin parar. La atmósfera de
hielo que consigue en 2001: odisea en el espacio (1968). John Huston,
Tarantino. Hay de todo. En música, me encanta el siglo XVIII. Mozart es como el
epígono de todo el XVIII. Es mi compositor favorito. Me gusta mucho el musical
norteamericano. Me encanta la ópera. Prefiero El fantasma de la ópera,
el Andrew Lloyd Webber. Y la ópera, claro. Sobre todo, la ópera del XVIII y del
XIX, la primera mitad, el verismo no tanto, pero no significa que la desprecie.
Pero eso es por mi formación académica, obviamente.
Sebastián: Actualmente, ¿cuál
sería su mayor dificultad al momento de terminar o avanzar con un nuevo
proyecto creativo?
Zoila: El tiempo. Hay que
trabajar, hay que comer… Si uno se pudiera dedicar a esto cincuenta horas al
día, sería, pues, absolutamente feliz. A mí me pasa mucho que yo escribo entre
dos vueltas de puerta. Me despierto tempranito para escribir lo que necesito.
Pero me ha pasado que a veces por el estrés y la carga de trabajo, paso semanas
—incluso meses— sin escribir. Es muy gracioso porque a veces estoy con bloqueo,
pero si consigo media hora de paz, después es difícil despegarme de la máquina.
Sebastián: Sus novelas han
sido ganadoras o finalistas en premios literarios nacionales muy prestigiosos
(Premio Julio Ramón Ribeyro, Premio de novela PUCP, Premio Copé), ¿cómo ha sido
su experiencia editando y publicando sus obras? ¿Qué sensaciones o impresiones
le deja el mundo editorial peruano o regional?
Zoila: Cápac Cocha
ganó el premio del Banco Central de Reserva. El premio es muy generoso, son
veinte mil soles y la edición de la obra. Honestamente, a mí siempre me
interesó más la edición. Yo me asusté porque hasta Cápac Cocha yo
escribía para mi familia, para mí; era un ejercicio literario muy personal, muy
íntimo, muy familiar. Pero cuando gané, me dio un susto. Salté como un gato y
me quedé agarrada del techo con las uñas (risas). La primera experiencia fue bonita
en el sentido de que uno llega a Lima, te dan tu cheque y tus cien ejemplares. Pero
nadie me consultó de la tapa. Me mandaron el texto ya corregido. Pero nunca me
consultaron del diseño. Lo bonito de esto también no solamente es que a uno lo
premian y lo editan, sino que el Banco Central de Reserva tenía presencia en
todas las ferias del libro nacionales. Por ejemplo, cuando se hacía la Feria
del Libro aquí en Arequipa, los primeros años, por allá en el 2008 y 2009, el Banco
Central de Reserva ponía su stand con todas sus publicaciones y vendía los
libros a cinco soles, diez soles. Lo difundía. Hasta que la edición se agotó. En
el 2008 solicité un auspicio al Gobierno Regional y por eso en la segunda
edición sale el sello de la región para financiarla. La portada se diseñó bajo
mi supervisión e introduje algunas pequeñas correcciones que no había en la
primera. Incluso pedí autorización al BCR para hacer una segunda edición. Me
dijeron: «Los derechos son todos tuyos». Esta segunda edición todavía no se
agota y se vende solamente a nivel local. Esa primera experiencia fue
maravillosa.
Luego vino una segunda
experiencia con la editorial La Travesía Editora, que en esa época la dirigía
Arthur Zeballos. Me propuso editar Acuarelas, que había obtenido una
mención honrosa en el premio de novela de la PUCP. Él corrió con todos los
gastos y me dio mis cien ejemplares para que pueda hacerlos distribuir. No sé
qué problema tuvo porque hasta 2016 el libro no se había distribuido bien. Por
eso con mi esposo decidimos comprarle la mayor parte de la edición y empecé a
distribuirla yo. Y así logré mover la obra en colegios y librerías.
Después llegó 2015 y recibí un
encargo de ARSAM, que es una editorial que publica libros para el Plan Lector
de Lima. Iban a hacer una Colección Bicentenario de diez novelas. Y ahí
publiqué El molle y el sauce (2016). Me dieron mi adelanto y me
invitaron a la presentación en Lima, pero no pude ir. Después vino la edición
de Las Saucedo (2015), que la hicimos entre mi familia y yo. Salió con
el sello de la UNSA, pero fue un trabajo de edición mío. Y finalmente llegó la
propuesta de Planeta, justo el año pasado, y me propusieron un contrato por
tres obras. Y como tenía lista Teclas decidí enviarla. Además, había
quedado finalista en el Copé. El problema con ese premio es que solo publican a
la ganadora y las demás obras quedan un poco en el aire.
Sebastián: Como música
profesional y escritora, ¿siente que la música influye más en su escritura o
que su aspecto literario genera mayor influencia en sus composiciones
musicales? ¿Hay algo de ambos?
Zoila: Cuando escribo, sí
soy más músico. Pero cuando hago musicología tengo que tener mucho cuidado con
mi lado literario, porque la musicología es una ciencia. El tono académico
tiene que ser muy serio, muy directo. He aprendido a separar los tonos. Cuando
estoy escribiendo artículos científicos, textos académicos, tengo que vigilar
mucho y corregir mucho y tratar de ser mucho más directa. Sé que soy más
consciente, más racional al momento de escribir en tono académico que en el
tono narrativo.
Sebastián: Usted ha
desarrollado una carrera exitosa y muy prestigiosa en la música, especialmente
en Arequipa, ¿qué nos podría comentar sobre el apoyo institucional hacia las
artes en la región? ¿En todos sus años de experiencia ha podido observar alguna
mejora?
Zoila: No tengo derecho a
quejarme porque yo he sido una privilegiada en esta ciudad. Mis padres apoyaron
mi carrera artística, cosa que no siempre pasa con los jóvenes que eligen las
carreras artísticas en cualquiera de sus modalidades. A veces hasta enfrentan
censura, falta de apoyo o de frente los echan de casa. Lo he visto en mis
alumnos muchas veces en mis treinta años de enseñanza universitaria. En segundo
lugar, he tenido la suerte, el privilegio, de pertenecer a instituciones que sí
funcionaban. Por ejemplo, la Orquesta Sinfónica. Yo empecé a hacer prácticas
ahí a los once años y a los quince ya me dieron un contrato. A los diecisiete
estaba nombrada. Bueno, pero eso fue porque el presidente saliente nombró a
todo el aparato estatal. Pero ya sea suerte o privilegio, yo ya tenía puesto
fijo a los diecisiete años. Luego pude estudiar profesionalmente en dos
lugares. Uno fue en el Conservatorio Duncker Lavalle, que me gradué ahí, y en
la Universidad Nacional de San Agustín, que es la primera universidad en el
Perú que tuvo la carrera de Música. Fue la primera que la profesionalizó a
nivel universitario. Los conservatorios y las escuelas de arte como la Baca
Flor sí existían, pero no contaban con título universitario. Ahora ya los han
nivelado. La UNSA fue la primera en dar un título profesional, incluso antes
que la PUCP o que la UNA de Puno. En la PUCP sí existía la carrera de Teatro
desde hace décadas, pero la carrera de Música y la carrera de Artes Plásticas fueron
gestionadas con bachillerato y licenciatura en la UNSA. Yo fui la segunda
graduada de mi escuela. Y casi de inmediato entré a enseñar, porque no había
más profesores. Como todo era nuevo. He podido vivir del arte, de la docencia,
y encima tuve el enorme privilegio de llegar a la dirección de la Sinfónica
siendo muy joven. La primera vez que agarré una batuta para dirigir la orquesta
en un ensayo, en un curso de dirección, fue cuando tenía veinte años. Y fui
nombrada directora titular a los veintiséis. La forma como yo respondí esos
desafíos fue estudiando. Terminé mis carreras aquí, me fui a estudiar afuera y mis
padres me ayudaron hasta donde pudieron. Tampoco es que me fui a hacer una gran
carrera a Europa, porque no había con qué. Pero bueno, sí estoy agradecida por
ese apoyo que se me dio. Y, como digo, formé parte de una industria cultural privilegiada
desde el Estado. Porque la música académica recibe apoyo. Y es lamentable y
triste que no suceda lo mismo en otros rubros artísticos.
El público ha cambiado su
recepción de la cultura y del arte, porque claro, es un proyecto generacional y
hemos tenido en Arequipa temporadas de crisis que hacían que la gente saliera
espantada de las actividades culturales. Uno primero tiene que comer, tiene que
pensar en cómo sobrevivir, y las actividades culturales no forman parte de la
sobrevivencia inmediata. Y durante muchas décadas nos hemos encontrado en ese
estado. Yo lo veo en mis alumnos. He notado que en los últimos quince años la
autogestión ha ocupado un lugar preponderante en el ejercicio profesional de
los artistas. Ya no están esperando que el Estado venga y los ayude. Es como
cuando los arequipeños tienen un terremoto, es muy sintomático. No esperan que
el Estado les construya la casa. Y eso está pasando. Y lo veo aquí y lo veo en
Lima también, porque estoy enseñando en la PUCP. El manejo de la tecnología y
las redes sociales hace que los jóvenes contemplen el mundo de una forma muy
distinta de como la contemplaron nuestros padres y nosotros mismos, no esperan
la ayuda de nadie. Lo hacen solos. Y eso está cambiando mucho la proyección, la
interacción y la aplicación de las artes en la sociedad peruana. Es cierto que nos
seguimos quejando de que falta apoyo del Estado, pero a veces me pregunto: qué
tanto sería bueno que nos apoye el Estado, ¿no? A veces sí. Por ejemplo, el
cine. El cine es un arte que exige una logística tremenda. Es muy caro hacer
cine. Si el Estado no lo apoya, no lo financia a través de los estímulos, sería
difícil concretarlo. A menos no un cine social, porque lo que he visto de cine
últimamente en el Perú es plural. Estaría restringido únicamente al
financiamiento privado. Y obviamente, el financiamiento privado pone sus
condiciones. El Estado es el que empareja las opciones. Creo que la creación
del Ministerio de Cultura fue un factor que ayudó. Muchas personas se quejan de
que es un gasto insulso porque no entienden la labor de la cultura en la
sociedad. No se mide en dinero invertido ni en ganancias retrospectivas. Se mide
en lo que la gente obtiene, en la forma como ven el mundo, en las experiencias
que los enriquecen. Cuando veo pesimistas que ahora dicen: «¿Para qué han
traído el CILE (Congreso Internacional de la Lengua Española) a Arequipa si han
cerrado la ciudad?». Pero es importante tener ese tipo de eventos aquí. Todavía
la diferencia con Lima es enorme. Arequipa se merece un poco más de
dinamización cultural. Sé que hay voces que dicen: «Pero ¿para qué? Lo que hay
que traer es inversiones». Pero con tanta plata, después, ¿qué haces? Si no te
convierte en mejor ser humano, ¿qué hacemos? Yo veo un progreso y una gestión, una
agencia de los actores culturales enorme. Sé que falta mucho todavía, pero lo
que no debemos permitir es que la crisis nos vuelva a tragar, como nos tragó en
la década de los setenta y los ochenta
Por mi parte, considero que se
debe garantizar la total libertad de los artistas. La democratización de las
expresiones culturales y la intervención del Estado. Apoyo en el sentido de
ayudar a que se concrete una diversidad de propuestas. Con un marco legal
eficiente.
Sebastián: ¿Qué rol considera
que tienen las artes en nuestra sociedad?
Zoila: La calidad de vida
se enriquece enormemente con las expresiones culturales. Una persona que es
capaz de ir a disfrutar una exposición de fotos y que puede identificar a personas
y el pasado de esta ciudad, o una exposición sobre acuarela, basta para alegrar
el día, entre comillas. Yo he visto a gente bailando, haciendo ronda, tomándose
del brazo con gente que no conocía solamente por bailar. Eso te une. Te da la
experiencia de reunirse y escuchar. Como ocurre con los clubes de lecturas.
Pensar más allá de lo que te dice la lectura. Hacer un enfoque crítico.
Conmoverse por una escultura, disfrutar la proyección del monumento
arquitectónico de la catedral en la plaza. O sentarte allí y gozar simplemente de
la atmósfera, del ruido de la fuente. El pasar de las palomas te quita el estrés,
te alarga la vida, te hace pensar que existe algo más que solo levantarte a
trabajar de siete a siete y preocuparte de alimentar a tus hijos. ¿Y qué tal si
mis hijos pueden ver esto? ¿Qué tal si pueden disfrutarlo? ¿Y qué pasaría el
día que la ciudad no te dé eso y no lo puedas disfrutar? ¿Qué pasaría el día
que no puedas ver una película? ¿El día que no puedas tararear una canción?
Imagínate esta ciudad muda. Sería el día de la neurosis, de la psicosis. Las
artes te ayudan a vivir, a superar esa angustia existencial con la que nacemos.
Todos somos conscientes de que un día moriremos y a veces no comprendemos para
qué estamos aquí. Las artes te ayudan a entender. No solo a evadir la realidad,
sino a descifrar esta vida de una u otra forma, incluso sin palabras, solamente
con una idea. Tu estándar de vida mejora increíblemente. Incluso en Auschwitz,
aún en sitios tan horribles como Sobibor o Treblinka, había expresiones
artísticas, ya sea patrocinadas por los nazis o creadas por los mismos
prisioneros. En medio del horror el arte te salva, te da esperanza. Oliver
Messiaen compuso su «Cuarteto para el fin de los tiempos» con músicos judíos
que estaban encerrados en el campo de concentración y lo estrenó para una audiencia
compuesta por prisioneros y por oficiales nazis dentro del campo de
concentración donde estaba prisionero en 1943.
Sebastián: ¿Qué consejos les
podría dar a aquellos que recién están empezando a escribir?
Zoila: Bueno, puedo
repetir el consejo que me dio mi padre, pero ampliado. Si quieres hacer cine,
mira cine. Si quieres escribir, lee. Si quieres hacer música, escucha música. Si
quieres dedicarte a escribir, lee mucho; y, sobre todo, no hay que tener miedo.
Yo me acuerdo que empecé a escribir mil novelas y nunca terminé ninguna. Hasta
que en un momento de mi vida me demoré dos años, pero la terminé. Son mil
páginas que nunca verán la luz. La constancia te da maestría, aunque estudiar
nunca está de más.
Sebastián: Finalmente, ¿qué se
encuentra leyendo actualmente y qué opina de esta lectura?
Zoila: Estoy leyendo ahora
El álbum de las cosas olvidadas (2025) de Enrique Planas, que acaba de
salir. Son textos fabulosos sobre las cosas que han ido perdiendo sentido, la
cultura material que ha ido desapareciendo de nuestra cotidianeidad. Son
pequeñas columnas que hablan de cómo ha desaparecido el teléfono alámbrico, la
grabadora del periodista, el walkman. Es un libro muy digerible, pero muy
profundo. Enrique escribe muy bien. También estoy leyendo el libro de Sonia Cunliffe,
A la izquierda, en el desvío (2022). Es un libro de cuentos; además,
veré a la autora en el Hay Festival y me gusta informarme de los participantes.
Y bueno, también estoy leyendo más musicología. Estoy leyendo a Marcos Cueto, Guía
para escribir historia (2023) y a Julio Mendívil, La biografía social de
las músicas (2025). Yo leo de manera muy desordenada, tengo una pila enorme
por leer. Y hace un año que estoy tratando de terminar La historia del
cristianismo (2018) de Paul Johnson, que es una de las cosas más
fantásticas que he visto.
Sebastián: Y ya para
finalizar, ¿hay algún autor peruano que considere merezca una reivindicación?
Zoila: María Nieves y
Bustamante deberíamos leerla más. Clorinda Matto de Turner y Mercedes Cabello
de Carbonera. Las dos. Sobre todo Mercedes Cabello, pienso en El Conspirador
(1892), por ejemplo.
*Zoila Vega Salvatierra
(Arequipa, 1973) Violinista, musicóloga y novelista. Como narradora ha
publicado Cápac Cocha, que mereció el premio Julio Ramón Ribeyro
del Banco Central de Reserva en 2006 (BCR, 2006), Acuarelas,
mención honrosa del concurso de novela de la Pontificia Universidad Católica
del Perú en 2009 (La Travesía, 2013); Las Saucedo (UNSA, 2015)
y El molle y el sauce (Arsam, 2017). Una primera versión
de Cantan al hablar (entonces bajo el nombre de Teclas)
obtuvo la primera mención honrosa del premio Copé en categoría novela en 2013.
Además, es licenciada en Artes con especialidad en Música por la Universidad
Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA, 1995), magíster en musicología por
la Universidad de Chile (2001) doctora en Ciencias Sociales por la UNSA (2005) y
doctora en Musicología por la UNAM 2019. Fue directora titular de la Orquesta
Sinfónica de Arequipa (2000-2012) y profesora principal de la Escuela de Artes
de la UNSA, en las cátedras de violín (1995-2017), música peruana y latinoamericana
(1996-presente), investigación musical (2010-presente) y análisis musical
(2018-2021).
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