ENTREVISTA A ZOILA VEGA SALVATIERRA

 

ZOILA VEGA SALVATIERRA: «LAS ARTES TE AYUDAN A VIVIR, A SUPERAR ESA ANGUSTIA EXISTENCIAL CON LA QUE NACEMOS. TE AYUDAN NO SOLO A EVADIR LA REALIDAD, SINO A DESCIFRAR ESTA VIDA DE UNA U OTRA FORMA, INCLUSO SIN PALABRAS, SOLAMENTE CON UNA IDEA»

Zoila Vega Salvatierra* es una de las artistas más completas y talentosas aparecidas en el sur del Perú. Su carrera artística se ha alternado entre la música y la literatura, consiguiendo en ambas disciplinas un gran reconocimiento a nivel nacional. A propósito de la publicación de su última novela, Sebastián Alva de El Hacedor conversó con ella para conocer más sobre su formación literaria e intereses artísticos.

Sebastián: Según tengo entendido, Cantan al hablar (2025) inicialmente se presentó como Teclas en el Concurso Bienal Copé en la categoría novela hace ya más de diez años. ¿Cómo se dio la oportunidad para publicarla ahora con Seix Barral? Y, además, ¿modificó muchas cosas en la novela desde su versión original?

Zoila: No, la verdad que no. Sí es verdad que ganó con el título Teclas, pero la versión que ganó la mención honrosa de Copé en 2013 es casi la misma que ha llegado a la imprenta. Mi editor hizo algunas correcciones menores, pero por ahí en lugar de una preposición «a», la cambió por un «con» (risas), algo así, ¿no? Pero fueron mínimas. Me hizo llegar el vaciado de las modificaciones. Habrán sido a lo mucho diez, no llegan a tantas. Él me dijo incluso una cosa que me ha gustado mucho: que la novela estaba limpia, que no necesitaba mayor intervención; y por eso se ha publicado casi tal cual. En cuanto al título sí fue una propuesta de mi editor, Víctor Ruiz Velazco, y me pareció muy buena la sugerencia, porque es una especie de título que no solo alude a que los pianos hablan y que cantamos con nuestros instrumentos, sino que los arequipeños también cantamos al hablar. Claro que para los músicos funciona más el título Teclas, pero porque son músicos (risas).

Sebastián: Algo que destaca en su obra narrativa en conjunto es esta exploración interdisciplinaria que propone al juntar literatura y otras artes como la arquitectura, la pintura o la música. ¿Tiene más proyectos literarios en donde explore otras artes o disciplinas? ¿O con «Cantan al hablar» ya ha cerrado un ciclo en su escritura?

Zoila: Yo pensé eso. Yo pensé que esa iba a ser mi tercera novela. Yo no publico en orden; es decir, no publico en el orden en el que escribo. Las Saucedo (2015) fue primero, Cápac Cocha (2006) vino después y Teclas es posterior, pero no es lo último que he hecho. Yo creí cerrar una trilogía dedicada al arte que involucraba Cápac Cocha desde la arquitectura, Acuarelas (2012) desde la pintura y Cantan al hablar (2025) con la música. Pero ahora estoy escribiendo algo sobre la zarzuela que me está divirtiendo muchísimo. Las otras novelas que tengo no están vinculadas al arte, a ninguna expresión artística, aunque si reflejaré la pintura. La misma música aparece de vez en cuando. Pero no es un leitmotiv mío. Por lo pronto son esas tres, pero por lo visto no he cerrado el caño de ese lado.

Sebastián: Como musicóloga y también escritora, ¿qué procedimientos realiza para hacer dialogar las diferentes artes? ¿Cómo establece relaciones entre la pintura, la música, la literatura y, digamos, el cine?

Zoila: Exactamente cómo, no lo sé. Yo te puedo decir que, por ejemplo, soy muy cinemática cuando escribo. Yo la escena la ruedo en la cabeza como si estuviera viendo una película. Entonces, cuando la escribo, lo hago como la estoy viendo en la cabeza. Generalmente, la escena la termino primero en mi cabeza y después la escribo. Es mucho más fácil. Ya solamente sentarse a escribir es transcribir lo que uno ve. Cuando no tengo la escena desarrollada en mente es cuando me planto. Y entonces empiezan los problemas porque no veo la cinemática, ya sea una novela de acción o una escena de acción, o una escena íntima, o una conversación. A veces es un poco difícil si no lo visualizo.

También me es muy fácil diseñar escenas con fondos musicales. A veces pongo música y digo: «Ajá, esto sirve, podría servir de soundtrack a esta escena que estoy pensando». Cuando escribí Acuarelas, las pinturas que describo en la novela son las de mi papá, y están colgadas en el muro de su casa. Lo que pasó es que yo estaba sentada con el ordenador en las rodillas, en el sofá de la sala y miraba la acuarela, y entonces empezaba a describirla. Y como conozco los trasfondos de la pintura y mi padre me ha enseñado mucho sobre su oficio de pintor, entonces podía agregar detalles. Sí considero que hay una relación entre las artes y definitivamente cuando yo corrijo soy muy musical. Yo corrijo en voz alta, leo mucho o le hago leer al bot del Word si no me queda la voz. Ahí me doy cuenta de las cacofonías, de las malas comas, de cuándo debe ir un punto en lugar de una coma o al revés, o si estoy repitiendo mucho una palabra o si estoy haciendo una oración demasiado larga. Me funciona el oído para el ritmo, la cadencia. La funcionalidad de la palabra. No puedo teorizarlo, pero sí utilizo imagen, movimiento, figuras, sonidos y palabras. Todo a la vez.

Sebastián: Coméntenos un poco sobre su formación literaria, ¿recuerda algún momento, un libro o una persona que haya marcado su vocación por la escritura?

Zoila: Mi papá. Mi papá es poeta además de pintor, y es un poeta muy conocido en Arequipa desde la generación del cincuenta. Y su hermano menor, mi tío, que es cuatro años menor, es César Vega Herrera. Él es Premio Nacional de Teatro. Es uno de los mejores dramaturgos que tiene el Perú. Él vive en Lima, ha hecho toda su carrera allá. Es un escritor fantástico de teatro. Mi padre solo se ha dedicado a la poesía y últimamente está escribiendo un cuento porque tiene noventa y tres años. Desde que tengo memoria lo he visto sentado en una máquina de escribir, escribiendo poemas, corrigiendo en voz alta. Yo a veces estaba jugando con mis muñecas y volteaba y me decía: «¿Qué verso te parece mejor? Porque el verso tiene que ser constante, tiene que ser redondo, tiene que estar encadenado y tiene que tener estas características». Y yo le respondía: «¿Eh?». Toda mi vida lo he visto escribir, he leído lo que hace y me ha hecho leer mucho. Yo tenía cuatro años y me ponía El Quijote en disco. Nuestra perra se llamaba Dulcinea. Yo soy consciente de que en la primaria yo tenía un vocabulario enorme y una ortografía impecable porque él mismo me enseñaba. Y desde que tengo conciencia he escuchado frases como: «La novela debe tener esto», «los grandes novelistas son estos», «los grandes poetas son aquellos», «este es Vallejo», «mira, este es Rubén Darío», «este es Machado», «estos son los escritores ingleses, los novelistas rusos». Si yo conozco algo de literatura es porque él me ha enseñado toda mi vida de una manera muy agradable. Claro, a veces más parecemos hermanos que padre e hija. Pero yo nunca estudié Literatura en la universidad. De hecho, yo quise estudiarla. Alguna vez pregunté en casa si debía estudiar Literatura porque mi madre era psicóloga y me hizo un test vocacional. Pero yo ya tocaba desde los tres años. A los quince entré a trabajar en la Orquesta Sinfónica. A los dieciséis, cuando salí del colegio, mi madre me hizo el test y me dijo: «Lo que te salga y te gusta, eso vas a estudiar. Nosotros te apoyamos con lo que tú quieres». Salió Literatura. Un par de puntos más abajo Música y otro par de puntos más abajo Artes Plásticas. En todo lo demás, cero. Yo quería estudiar Literatura porque yo quería escribir, pero ya trabajaba en la orquesta, tocaba el violín toda mi vida: me gustaba la música. Fue ahí cuando mi papá me dijo: «Bueno, ¿y tú por qué quieres estudiar Literatura?». «Porque quiero escribir». «Entonces no, no estudies Literatura. Lee mucho, escribe mucho, corrige mucho», me dijo. Son palabras que después se las escuché a Mario Vargas Llosa alguna vez en una entrevista. Entonces le hice caso y leí mucho, escribí mucho, corregí mucho y seguí tocando y estudiando y haciendo música. A veces me siento un poco acomplejada, porque tengo colegas en la Escuela de Literatura que son literatos, teóricos, académicos, estudiosos de la lengua, de la literatura y de la escritura. Yo no. Yo solo escribo.

Sebastián: ¿Cuáles son sus referentes literarios? Autores de cabecera o aquellos a los que recurre cuando necesita inspiración para iniciar un nuevo proyecto narrativo.

Zoila: No recurro a nadie para buscar inspiración, porque si uno no está inspirado, no escribe. Podría mencionar a García Márquez, Saramago, Jane Austen, las hermanas Brontë, Cervantes, Julio Verne, Horario Quiroga, Jorge Edwards, Julio Ramón Ribeyro o Ricardo Palma, para mantener el tono, el humor. Y a Orhan Pamuk, sus novelas Nieve (2002) y Me llamo Rojo (1998) me han inspirado mucho. Y también a los escritores del siglo XVII francés, La princesa de Cleves (1678) de Madame de Lafayette, entre otros. Balzac, Víctor Hugo, Tolstoi, Chejov, Melville, Jack London, Tennesse Williams, Fitzgerald, mi favorito Edgar Allan Poe y Lovecraft. Me encanta cómo Lovecraft pinta el terror solo con palabras y esas atmósferas que crea. Sin embargo, creo que García Márquez ha sido el que más me ha influido.

Sebastián: ¿Tiene otros referentes artísticos que nos pueda mencionar? En cine, música, pintura, teatro…

Zoila: En el cine Werner Herzog, Luis Buñuel. Pero me gusta Spielberg. Creo que Nolan es un genio. Stanley Kubrick también. Tiene esa trepidación de narrar sin parar. La atmósfera de hielo que consigue en 2001: odisea en el espacio (1968). John Huston, Tarantino. Hay de todo. En música, me encanta el siglo XVIII. Mozart es como el epígono de todo el XVIII. Es mi compositor favorito. Me gusta mucho el musical norteamericano. Me encanta la ópera. Prefiero El fantasma de la ópera, el Andrew Lloyd Webber. Y la ópera, claro. Sobre todo, la ópera del XVIII y del XIX, la primera mitad, el verismo no tanto, pero no significa que la desprecie. Pero eso es por mi formación académica, obviamente.

Sebastián: Actualmente, ¿cuál sería su mayor dificultad al momento de terminar o avanzar con un nuevo proyecto creativo?

Zoila: El tiempo. Hay que trabajar, hay que comer… Si uno se pudiera dedicar a esto cincuenta horas al día, sería, pues, absolutamente feliz. A mí me pasa mucho que yo escribo entre dos vueltas de puerta. Me despierto tempranito para escribir lo que necesito. Pero me ha pasado que a veces por el estrés y la carga de trabajo, paso semanas —incluso meses— sin escribir. Es muy gracioso porque a veces estoy con bloqueo, pero si consigo media hora de paz, después es difícil despegarme de la máquina.

Sebastián: Sus novelas han sido ganadoras o finalistas en premios literarios nacionales muy prestigiosos (Premio Julio Ramón Ribeyro, Premio de novela PUCP, Premio Copé), ¿cómo ha sido su experiencia editando y publicando sus obras? ¿Qué sensaciones o impresiones le deja el mundo editorial peruano o regional?

Zoila: Cápac Cocha ganó el premio del Banco Central de Reserva. El premio es muy generoso, son veinte mil soles y la edición de la obra. Honestamente, a mí siempre me interesó más la edición. Yo me asusté porque hasta Cápac Cocha yo escribía para mi familia, para mí; era un ejercicio literario muy personal, muy íntimo, muy familiar. Pero cuando gané, me dio un susto. Salté como un gato y me quedé agarrada del techo con las uñas (risas). La primera experiencia fue bonita en el sentido de que uno llega a Lima, te dan tu cheque y tus cien ejemplares. Pero nadie me consultó de la tapa. Me mandaron el texto ya corregido. Pero nunca me consultaron del diseño. Lo bonito de esto también no solamente es que a uno lo premian y lo editan, sino que el Banco Central de Reserva tenía presencia en todas las ferias del libro nacionales. Por ejemplo, cuando se hacía la Feria del Libro aquí en Arequipa, los primeros años, por allá en el 2008 y 2009, el Banco Central de Reserva ponía su stand con todas sus publicaciones y vendía los libros a cinco soles, diez soles. Lo difundía. Hasta que la edición se agotó. En el 2008 solicité un auspicio al Gobierno Regional y por eso en la segunda edición sale el sello de la región para financiarla. La portada se diseñó bajo mi supervisión e introduje algunas pequeñas correcciones que no había en la primera. Incluso pedí autorización al BCR para hacer una segunda edición. Me dijeron: «Los derechos son todos tuyos». Esta segunda edición todavía no se agota y se vende solamente a nivel local. Esa primera experiencia fue maravillosa.

Luego vino una segunda experiencia con la editorial La Travesía Editora, que en esa época la dirigía Arthur Zeballos. Me propuso editar Acuarelas, que había obtenido una mención honrosa en el premio de novela de la PUCP. Él corrió con todos los gastos y me dio mis cien ejemplares para que pueda hacerlos distribuir. No sé qué problema tuvo porque hasta 2016 el libro no se había distribuido bien. Por eso con mi esposo decidimos comprarle la mayor parte de la edición y empecé a distribuirla yo. Y así logré mover la obra en colegios y librerías.

Después llegó 2015 y recibí un encargo de ARSAM, que es una editorial que publica libros para el Plan Lector de Lima. Iban a hacer una Colección Bicentenario de diez novelas. Y ahí publiqué El molle y el sauce (2016). Me dieron mi adelanto y me invitaron a la presentación en Lima, pero no pude ir. Después vino la edición de Las Saucedo (2015), que la hicimos entre mi familia y yo. Salió con el sello de la UNSA, pero fue un trabajo de edición mío. Y finalmente llegó la propuesta de Planeta, justo el año pasado, y me propusieron un contrato por tres obras. Y como tenía lista Teclas decidí enviarla. Además, había quedado finalista en el Copé. El problema con ese premio es que solo publican a la ganadora y las demás obras quedan un poco en el aire.

Sebastián: Como música profesional y escritora, ¿siente que la música influye más en su escritura o que su aspecto literario genera mayor influencia en sus composiciones musicales? ¿Hay algo de ambos?

Zoila: Cuando escribo, sí soy más músico. Pero cuando hago musicología tengo que tener mucho cuidado con mi lado literario, porque la musicología es una ciencia. El tono académico tiene que ser muy serio, muy directo. He aprendido a separar los tonos. Cuando estoy escribiendo artículos científicos, textos académicos, tengo que vigilar mucho y corregir mucho y tratar de ser mucho más directa. Sé que soy más consciente, más racional al momento de escribir en tono académico que en el tono narrativo.

Sebastián: Usted ha desarrollado una carrera exitosa y muy prestigiosa en la música, especialmente en Arequipa, ¿qué nos podría comentar sobre el apoyo institucional hacia las artes en la región? ¿En todos sus años de experiencia ha podido observar alguna mejora?

Zoila: No tengo derecho a quejarme porque yo he sido una privilegiada en esta ciudad. Mis padres apoyaron mi carrera artística, cosa que no siempre pasa con los jóvenes que eligen las carreras artísticas en cualquiera de sus modalidades. A veces hasta enfrentan censura, falta de apoyo o de frente los echan de casa. Lo he visto en mis alumnos muchas veces en mis treinta años de enseñanza universitaria. En segundo lugar, he tenido la suerte, el privilegio, de pertenecer a instituciones que sí funcionaban. Por ejemplo, la Orquesta Sinfónica. Yo empecé a hacer prácticas ahí a los once años y a los quince ya me dieron un contrato. A los diecisiete estaba nombrada. Bueno, pero eso fue porque el presidente saliente nombró a todo el aparato estatal. Pero ya sea suerte o privilegio, yo ya tenía puesto fijo a los diecisiete años. Luego pude estudiar profesionalmente en dos lugares. Uno fue en el Conservatorio Duncker Lavalle, que me gradué ahí, y en la Universidad Nacional de San Agustín, que es la primera universidad en el Perú que tuvo la carrera de Música. Fue la primera que la profesionalizó a nivel universitario. Los conservatorios y las escuelas de arte como la Baca Flor sí existían, pero no contaban con título universitario. Ahora ya los han nivelado. La UNSA fue la primera en dar un título profesional, incluso antes que la PUCP o que la UNA de Puno. En la PUCP sí existía la carrera de Teatro desde hace décadas, pero la carrera de Música y la carrera de Artes Plásticas fueron gestionadas con bachillerato y licenciatura en la UNSA. Yo fui la segunda graduada de mi escuela. Y casi de inmediato entré a enseñar, porque no había más profesores. Como todo era nuevo. He podido vivir del arte, de la docencia, y encima tuve el enorme privilegio de llegar a la dirección de la Sinfónica siendo muy joven. La primera vez que agarré una batuta para dirigir la orquesta en un ensayo, en un curso de dirección, fue cuando tenía veinte años. Y fui nombrada directora titular a los veintiséis. La forma como yo respondí esos desafíos fue estudiando. Terminé mis carreras aquí, me fui a estudiar afuera y mis padres me ayudaron hasta donde pudieron. Tampoco es que me fui a hacer una gran carrera a Europa, porque no había con qué. Pero bueno, sí estoy agradecida por ese apoyo que se me dio. Y, como digo, formé parte de una industria cultural privilegiada desde el Estado. Porque la música académica recibe apoyo. Y es lamentable y triste que no suceda lo mismo en otros rubros artísticos.

El público ha cambiado su recepción de la cultura y del arte, porque claro, es un proyecto generacional y hemos tenido en Arequipa temporadas de crisis que hacían que la gente saliera espantada de las actividades culturales. Uno primero tiene que comer, tiene que pensar en cómo sobrevivir, y las actividades culturales no forman parte de la sobrevivencia inmediata. Y durante muchas décadas nos hemos encontrado en ese estado. Yo lo veo en mis alumnos. He notado que en los últimos quince años la autogestión ha ocupado un lugar preponderante en el ejercicio profesional de los artistas. Ya no están esperando que el Estado venga y los ayude. Es como cuando los arequipeños tienen un terremoto, es muy sintomático. No esperan que el Estado les construya la casa. Y eso está pasando. Y lo veo aquí y lo veo en Lima también, porque estoy enseñando en la PUCP. El manejo de la tecnología y las redes sociales hace que los jóvenes contemplen el mundo de una forma muy distinta de como la contemplaron nuestros padres y nosotros mismos, no esperan la ayuda de nadie. Lo hacen solos. Y eso está cambiando mucho la proyección, la interacción y la aplicación de las artes en la sociedad peruana. Es cierto que nos seguimos quejando de que falta apoyo del Estado, pero a veces me pregunto: qué tanto sería bueno que nos apoye el Estado, ¿no? A veces sí. Por ejemplo, el cine. El cine es un arte que exige una logística tremenda. Es muy caro hacer cine. Si el Estado no lo apoya, no lo financia a través de los estímulos, sería difícil concretarlo. A menos no un cine social, porque lo que he visto de cine últimamente en el Perú es plural. Estaría restringido únicamente al financiamiento privado. Y obviamente, el financiamiento privado pone sus condiciones. El Estado es el que empareja las opciones. Creo que la creación del Ministerio de Cultura fue un factor que ayudó. Muchas personas se quejan de que es un gasto insulso porque no entienden la labor de la cultura en la sociedad. No se mide en dinero invertido ni en ganancias retrospectivas. Se mide en lo que la gente obtiene, en la forma como ven el mundo, en las experiencias que los enriquecen. Cuando veo pesimistas que ahora dicen: «¿Para qué han traído el CILE (Congreso Internacional de la Lengua Española) a Arequipa si han cerrado la ciudad?». Pero es importante tener ese tipo de eventos aquí. Todavía la diferencia con Lima es enorme. Arequipa se merece un poco más de dinamización cultural. Sé que hay voces que dicen: «Pero ¿para qué? Lo que hay que traer es inversiones». Pero con tanta plata, después, ¿qué haces? Si no te convierte en mejor ser humano, ¿qué hacemos? Yo veo un progreso y una gestión, una agencia de los actores culturales enorme. Sé que falta mucho todavía, pero lo que no debemos permitir es que la crisis nos vuelva a tragar, como nos tragó en la década de los setenta y los ochenta

Por mi parte, considero que se debe garantizar la total libertad de los artistas. La democratización de las expresiones culturales y la intervención del Estado. Apoyo en el sentido de ayudar a que se concrete una diversidad de propuestas. Con un marco legal eficiente.

Sebastián: ¿Qué rol considera que tienen las artes en nuestra sociedad?

Zoila: La calidad de vida se enriquece enormemente con las expresiones culturales. Una persona que es capaz de ir a disfrutar una exposición de fotos y que puede identificar a personas y el pasado de esta ciudad, o una exposición sobre acuarela, basta para alegrar el día, entre comillas. Yo he visto a gente bailando, haciendo ronda, tomándose del brazo con gente que no conocía solamente por bailar. Eso te une. Te da la experiencia de reunirse y escuchar. Como ocurre con los clubes de lecturas. Pensar más allá de lo que te dice la lectura. Hacer un enfoque crítico. Conmoverse por una escultura, disfrutar la proyección del monumento arquitectónico de la catedral en la plaza. O sentarte allí y gozar simplemente de la atmósfera, del ruido de la fuente. El pasar de las palomas te quita el estrés, te alarga la vida, te hace pensar que existe algo más que solo levantarte a trabajar de siete a siete y preocuparte de alimentar a tus hijos. ¿Y qué tal si mis hijos pueden ver esto? ¿Qué tal si pueden disfrutarlo? ¿Y qué pasaría el día que la ciudad no te dé eso y no lo puedas disfrutar? ¿Qué pasaría el día que no puedas ver una película? ¿El día que no puedas tararear una canción? Imagínate esta ciudad muda. Sería el día de la neurosis, de la psicosis. Las artes te ayudan a vivir, a superar esa angustia existencial con la que nacemos. Todos somos conscientes de que un día moriremos y a veces no comprendemos para qué estamos aquí. Las artes te ayudan a entender. No solo a evadir la realidad, sino a descifrar esta vida de una u otra forma, incluso sin palabras, solamente con una idea. Tu estándar de vida mejora increíblemente. Incluso en Auschwitz, aún en sitios tan horribles como Sobibor o Treblinka, había expresiones artísticas, ya sea patrocinadas por los nazis o creadas por los mismos prisioneros. En medio del horror el arte te salva, te da esperanza. Oliver Messiaen compuso su «Cuarteto para el fin de los tiempos» con músicos judíos que estaban encerrados en el campo de concentración y lo estrenó para una audiencia compuesta por prisioneros y por oficiales nazis dentro del campo de concentración donde estaba prisionero en 1943.

Sebastián: ¿Qué consejos les podría dar a aquellos que recién están empezando a escribir?

Zoila: Bueno, puedo repetir el consejo que me dio mi padre, pero ampliado. Si quieres hacer cine, mira cine. Si quieres escribir, lee. Si quieres hacer música, escucha música. Si quieres dedicarte a escribir, lee mucho; y, sobre todo, no hay que tener miedo. Yo me acuerdo que empecé a escribir mil novelas y nunca terminé ninguna. Hasta que en un momento de mi vida me demoré dos años, pero la terminé. Son mil páginas que nunca verán la luz. La constancia te da maestría, aunque estudiar nunca está de más.

Sebastián: Finalmente, ¿qué se encuentra leyendo actualmente y qué opina de esta lectura?

Zoila: Estoy leyendo ahora El álbum de las cosas olvidadas (2025) de Enrique Planas, que acaba de salir. Son textos fabulosos sobre las cosas que han ido perdiendo sentido, la cultura material que ha ido desapareciendo de nuestra cotidianeidad. Son pequeñas columnas que hablan de cómo ha desaparecido el teléfono alámbrico, la grabadora del periodista, el walkman. Es un libro muy digerible, pero muy profundo. Enrique escribe muy bien. También estoy leyendo el libro de Sonia Cunliffe, A la izquierda, en el desvío (2022). Es un libro de cuentos; además, veré a la autora en el Hay Festival y me gusta informarme de los participantes. Y bueno, también estoy leyendo más musicología. Estoy leyendo a Marcos Cueto, Guía para escribir historia (2023) y a Julio Mendívil, La biografía social de las músicas (2025). Yo leo de manera muy desordenada, tengo una pila enorme por leer. Y hace un año que estoy tratando de terminar La historia del cristianismo (2018) de Paul Johnson, que es una de las cosas más fantásticas que he visto.

Sebastián: Y ya para finalizar, ¿hay algún autor peruano que considere merezca una reivindicación?

Zoila: María Nieves y Bustamante deberíamos leerla más. Clorinda Matto de Turner y Mercedes Cabello de Carbonera. Las dos. Sobre todo Mercedes Cabello, pienso en El Conspirador (1892), por ejemplo.

 

*Zoila Vega Salvatierra (Arequipa, 1973) Violinista, musicóloga y novelista. Como narradora ha publicado Cápac Cocha, que mereció el premio Julio Ramón Ribeyro del Banco Central de Reserva en 2006 (BCR, 2006), Acuarelas, mención honrosa del concurso de novela de la Pontificia Universidad Católica del Perú en 2009 (La Travesía, 2013); Las Saucedo (UNSA, 2015) y El molle y el sauce (Arsam, 2017). Una primera versión de Cantan al hablar (entonces bajo el nombre de Teclas) obtuvo la primera mención honrosa del premio Copé en categoría novela en 2013. Además, es licenciada en Artes con especialidad en Música por la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA, 1995), magíster en musicología por la Universidad de Chile (2001) doctora en Ciencias Sociales por la UNSA (2005) y doctora en Musicología por la UNAM 2019. Fue directora titular de la Orquesta Sinfónica de Arequipa (2000-2012) y profesora principal de la Escuela de Artes de la UNSA, en las cátedras de violín (1995-2017), música peruana y latinoamericana (1996-presente), investigación musical (2010-presente) y análisis musical (2018-2021). 

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