ENTREVISTA A RENATO BUENO BENITO
RENATO BUENO BENITO: «CREO QUE LA MEJOR RECETA ES ESCRIBIR CON MIEDO, PERO ESCRIBIR. LA CONSTANCIA TARDE O TEMPRANO NO SOLO VENCE EL TALENTO SINO TODOS LOS MIEDOS»
Renato Bueno Benito* es el más reciente ganador de la XII edición del Poeta Joven del Perú (2025), uno de los galardones literarios más importantes y con mayor trayectoria en el país y que ha tenido entre sus ganadores a poetas como César Calvo, Javier Heraud, José Watanabe, Jorge Eslava o Luis Eduardo García. En esta oportunidad, El Hacedor conversó con Renato sobre su obra ganadora, sus intereses literarios y sus años de formación en la escritura y la investigación.
Anthony: A propósito de la
obtención del Premio El Poeta Joven del Perú (2025) con tu poemario Sonimientos,
nos gustaría que nos comentes un poco cómo fue el proceso de gestación y
escritura de este libro. ¿Cuánto tiempo te llevó escribirlo y qué aspectos
temáticos y técnicos buscabas explorar con esta obra?
Renato: Ningún trabajo,
pienso, puede alcanzar su estado más «perfecto» o «pulido» si antes no ha
transcurrido un tiempo en el que se ha odiado, amado y borroneado la idea. Mi
particular caso, o mejor dicho, el particular caso de Sonimientos (2025)
fue concebida, como no podía ser de otro modo, en la soledad del escritor, pues
creo y lo creeré siempre, que primero debe alcanzarse la máxima compañía ya sea
de personas, libros, música, arte, etc., para luego adentrarte con toda esa
compañía en una lucha con la soledad. Producto de esa lucha, de tu propia
compañía y tu propia soledad, nace el intento, el poema, el arte. Así,
acumulando compañía y llevando ya más de la mitad de la carrera, advertí que la
poesía, o gran parte de ella, se ha sostenido y aún se sostiene en la metáfora.
Mi primera lucha fue alcanzar otro tropo, virar de la metáfora a
otro recurso discursivo. Quise rechazar la metáfora o alejarme lo
suficientemente de ella para reformarla. Esta decisión primera fue concebida
por esos años, cuando intentamos soltar las manos de nuestros maestros y
comenzamos a querer caminar solos, creando no solo nuestros propios senderos
sino inventando nuestras propias maneras de pisar y caminar. «Escribir en el
aire» no es un empleo metafórico en mi caso, para escribir en el ordenador
antes necesito «escribir en mi mente». Escribo mucho en mi mente, la escritura
en papel debe pasar la escritura en la mente. Muchos versos que han sido
escritos en mi mente solo luego han pasado al papel. Sonimientos ha conocido
a su padre en el paisaje que los micros que me llevaban a San Marcos dibujaban,
y ha conocido su madre en los salones y conversaciones con profesores y
compañeros de San Marcos, y ha conocido el mundo una tarde en que mi alma, por
nombrar algo misterioso y profundo, llevada del frenesí de querer, hízome
levantarme de mis anchas e hízome aterrizar el edificio del pensamiento al
papel, del que por supuesto solo he erigido una ruina.
De Poe tengo esa concepción de
que el dolor es el principal suceso en la vida de los seres humanos; pues de
todos los sentimientos, sin duda el que atraviesa fronteras e idiomas, es el dolor.
¿Quién no ha sentido «el dolor de estar vivo»? ¿Quién no se ha
exasperado del «doler»? El gran tema que acompañará seguramente lo que me queda
de vida, será el «dolor que crece a treinta minutos por segundo». Basta con
tomar un micro en una avenida principal y girar la vista del asiento que
tenemos enfrente al panorama que se levanta ya a la izquierda ya a la derecha,
de pronto surgen innumerables sonidos y sentimientos, todos y cada uno
atravesados por el dolor. ¿Qué hacer frente a él? ¿Gritar? ¿Llorar?
¿Regodearnos en ello? Demasiada mella hizo en mí el adagio horaciano docere
et delectare como para solo gritar «el doler». Sonimientos no busca
gritar o denunciar el dolor, quiere amarlo, quiere sonarlo. Quiere imprimir su
música en un poema, en un verso. Quiere dulcificar de tal manera el doler que
una vez insertado el doler en el poema, el resultado sea ya no sea un
quejido sino belleza. ¿Qué hacer con el doler? Tornarlo belleza, esa es mi
misión, esa es mi poética.
Anthony: De acuerdo a las
notas salidas en la red, Sonimentos «revela un logrado equilibrio entre
forma y emoción, y una voz barroca que rompe las normas tradicionales de la
lengua para retratar la intensidad y desasosiego de la vida urbana limeña». En
ese sentido, ¿qué autores podrías ubicar como referentes o influyentes en la
elaboración de tu poemario?
Renato: Creo que toda
crítica es sin duda un intento de atrapar a un escritor en una caja para poder
examinarlo y desentrañar todo lo que pueda ofrecernos. Sin duda, la poesía es
el género que permite las reformas más experimentales dentro de la lengua. Sin
embargo, genios como James Joyce, Shakespeare o Cervantes realizaron reformas
en sus propios géneros con tanta destreza, que transcendieron al género en que
nacieron. Ahora, para romper una ley, cuyo epítome es la lengua, antes hay que
conocer cada pisca de su composición. Para ello, los autores del Siglo de Oro
como Garcilaso, Fray Luis, Góngora y Quevedo han sido como una caja de
herramientas; con ellos aprendí que un verso malsonante debe ser desechado,
aprendí que el ritmo impreso en un poema debe estar a la altura del tema que
tratemos, aprendí también el valor que tiene una tradición, pues eso «escrito
está». Considero que mi poesía usa el enclítico en demasía, más por una
necesidad sonora que por un arcaísmo intensional. No puedo escribir si la
música que voy tocando no agrada a mis sentidos. Si ese enclítico se los debo a
los poetas áureos, que así sea. Es en esta búsqueda de una suerte de
homeostasis entre forma y contenido que llegué a los poetas más grandes, para
mí, de todos los tiempos: Vallejo, Hölderlin y Shakespeare. De inigualable Vallejo
aprendí a encarnar el doler, a sonarlo. Del magnánimo Hölderlin aprendí que
toda idea debe tener primero «fuerza estética». Y de Shakespeare, el grande
entre los grandes, aprendí «to die, to sleep, To sleep, perchance to Dream»,
que «debo ser».
Un elemento que creo esencial de
mi poesía es lo que la crítica ha denominado «flujo de consciencia». Molly
Bloom, en el capítulo final del Ulises es muestra máxima de ese recurso. Creo
haber implementado esa forma a mi poesía, un «río de pensamiento» que no se
detiene, que tiene su propio fluir. La poesía de James Joyce, específicamente Chamber
music (1907) me parece termina de perfeccionar la aliteración como
mecanismo envolvente. Sin embargo, la construcción entera de un poemario, no
como una cosa desperdigada, unida por ejes temáticos, sino como un viaje entero,
donde cada verso es una parte de un todo que lo engloba todo y no deja escapar
nada, esa lección la aprendí de Dante, Petrarca y Baudelaire.
Creo que no hay poeta que no
intente decir algo de un determino modo y si los hay, no me interesa en nada el
tipo de poesía que no diga nada. En el primer caso, creo que los poetas más
grandes, somos nosotros, las personas. Todos tenemos cierta forma muy personal
y particular nuestra, y aprender a escuchar a los demás es también aprender a
escuchar no solo pensamientos distintos sino formas distintas de expresar las
mismas cosas.
Anthony: Coméntanos un poco
sobre tu formación literaria, ¿cómo inició tu vocación? ¿Recuerdas un evento,
una persona o un libro que fue determinante?
Renato: Cuanto más pienso
en un origen, y mi mente comienza a ir hacia atrás, no puedo sino volver a una
escena: yo leyendo en voz alta a mi tía que lavaba ropa. Creo que ese momento
fue crucial, pues lo que más importaba a mi tía era que yo pronunciara bien y
con cierta entonación. Poco importaba el contenido, importaba la música del
idioma. Yo leyendo en voz, primero a mi tía, luego a mí. Pues cuando escribo no
puedo sino entonar un poema en voz alta y escuchar si la música moves me.
El contenido comenzó a importarme cuando mi amado abuelo Albino, al que siempre
llamé por su nombre propio, me contaba historias imposibles, como que él
caminaba de Tarma a Lima en dos días. Yo no podía sino verlo como una especie
de héroe de la guerra, valiente y victorioso. A él debo la introducción a la ficción.
Fue él quien me inventó la definición de comunismo: «Un sistema en el que todos
comen a una misma hora, no importa lo que estén haciendo, todos deben comer a
una misma hora, pase lo que pase». Yo entoné, yo escuché, yo fui francamente
feliz.
Crecido ya un poco, creo que el hecho capital de mi vida fue la biblioteca de mis padres. Nutrida con toda la colección de premios nobel que sacó el Comercio, yo iba tanteando primero uno, luego otro y así hasta acabarlos. Como dijo Bernard Shaw: «tuve que interrumpir mi educación para ir al colegio». Conocí al poeta más grande de mi lengua en otro país, Italia. Mi madre tenía un libro de Vallejo, traducido por Roberto Paoli al italiano. Este equilibrio perfecto entre forma y contenido creo haberlo hallado en Vallejo. «El poeta del dolor», como decía mi madre.
Por último, viajar. No de país o
continente, sino de cultura. Viajar de nuestra propia cultura a otra. No hay
nada más enriquecedor en la formación cultural que viajar de cultura. Conocer
Florencia a tan temprana edad fue abrir la puerta a todas las sangres. Escuchar
a mi maestra Stella recitar en inglés un verso de Shakespeare y que el salón
entero, conformado por las más variadas nacionalidades, se conmoviera. No
importaba nuestro color, bandera o credo. Éramos Shakespeare, su música, y
nosotros.
Anthony: Según tu biografía
naciste en Huancayo y te mudaste a Tarma, pero has pasado gran parte de tu vida
en ambientes europeos. ¿Cuáles serían los aprendizajes que más rescatas o
valoras de este proceso migratorio por el que atravesaste?
Renato: La migración más difícil
considero que es cuando se cambia de cultura entera. A pesar de que Europa es en
suma muy similar a América Latina, culturalmente hablando —pues compartimos el
pensamiento cartesiano, los valores cristianos y la tradición grecolatina—,
somos, aún luego de todo eso, diferentes. Al migrar, el árbol que te hablaba en
español deja de hacerlo, y el viento comienza a hablarte en alemán y las calles
suenan en francés, y todo aquello que giraba y conocías como la palma de la
mano, se para y cambia. El adentrarme con todo mi yo en algo que no soy yo o
no es parte de mí, para luego volverla mía, se lo debo al hecho de haber
migrado. No nací en Tarma, pero ella me hizo suyo y yo la hice mía que siento
que soy tarmeño. Del mismo modo que yo no soy italiano, mas haberme entrado en
sus letras y cultura permite que mi yo absorba a Italia y ella me haga suyo
y yo la haga mía.
El himno de la Unión Europea
tiene una línea que dice «una en su diversidad», es esa la lección que me llevo
de mi proceso migratorio. Ser uno en mi diversidad: huancaíno, tarmeño, limeño,
poeta e italiano. Y al decir de una gran poeta finesa: «No es propio de mi
hacerme menos de lo que soy». Convivir con las diferentes culturas que
uno mismo lleva en el interior es en suma importante. San Marcos, como toda
universidad, no es muy diferente a Europa, en las aulas puede haber un limeño, ucayalino,
puneño, norteamericano, y así múltiples nacionalidades. Al vivir en un periodo
de la historia tan interconectado, es imprescindible unificar lo múltiple.
Anthony: Actualmente te estás
formando como literato en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, a pesar
de que, según tengo entendido, te recomendaron estudiar ingeniera o medicina,
¿qué cambios o mejoras consideras que deben realizarse para que carreras relacionadas
a las Humanidades puedan prevalecer y destacar en nuestro medio?
Renato: Pienso que uno de
los grandes problemas que sufrimos los que estudiamos Humanidades es,
evidentemente, la salida laboral. Muchas grandes mentes deciden migrar o
cambiar de rumbo ya a medio camino o ya al término del mismo. Es decir, el «qué
hacer luego de la carrera» es una pregunta que a medida que avanzan los
años, se torna más frecuente y poco a poco llena de incertidumbre a muchos
colegas. El efecto inmediato de esta problemática, como ya mencioné, es que
muchos dejan el camino de las Humanidades o dejan el país en busca de una mayor
oportunidad tanto laboral como profesional. Aunque gane mucho alguna otra
ciencia con el ingreso de un exestudiante de Humanidades a su facultad,
pierde mucho las Humanidades con cada uno que se aleja de ella. Considero que
es un verdadero acto de valentía decidir estudiar Humanidades en estos
momentos, no solo en el Perú sino a nivel mundial. Pero ¿cuándo han sino ahora
han sido más importantes las Humanidades? ¿Cuándo si no ahora es el momento de
volver a poner al hombre en el centro? Como vemos, el problema es de
raíz. Ya tenemos facultades de Humanidades en Perú y aunque centralizadas en
Lima, es un logro bastante plausible. Pongamos un ejemplo para que no sea tan
abstracto, las contribuciones que puedan realizarse desde la ingeniería o medicina,
aunque valiosa, tarde o temprano llegarán a nosotros, la cura no encontrada
hoy, mañana llegará; y el edificio anti-terremotos que hoy no existe, mañana
existirá. Sin embargo, Trilce no hubiera podido ser sin Vallejo; Simbólicas
sin Eguren no existiría, Amplitud del mito de María Belén Milla
nunca habría nacido. Las Humanidades vienen desde lo más profundo del ser
humano, las ciencias provienen de la realidad concreta. Perder el vínculo con
lo más profundo es perdernos. Pienso que dejar ir esa fracción de las ciencias
es perder al hombre.
Anthony: ¿Sonimentos es
tu primera publicación o ya has publicado poemas en otros medios? De ser así,
¿por qué la poesía? ¿Cómo descubriste que ese era el medio adecuado para
transmitir lo que querías decir y no, por ejemplo, la narrativa?
Renato: Al modo de Pessoa,
publiqué mucho de forma virtual bajo heterónimos. Publiqué en algunas páginas
web, en Wattpad, cosas de las que francamente me avergüenzo. Sin embargo,
fueron ejercicios que me valieron gran aprendizaje. Pienso que si el texto está
y no es leído es como si no existiera, vivir en el siglo XXI es una fortuna
para cualquier escritor, pues podemos hacer interactuar nuestros escritos con
otras personas y saber qué les provoca y qué no. Publicar bajo heterónimos ha
sido, en ese sentido, algo muy valioso, pues me ha permitido conocerme a mí
también. Y aunque Sonimientos no se parece en nada anterior que haya
escrito, sí tiene esa voluntad compartida con los demás de querer llegar al
lector y llega impresa la máxima horaciana docere et delectare.
Debo confesar que yo empecé a
escribir poesía tarde. Cuando comencé a «afilar los lápices», lo primero que
intentaba bosquejar eran novelas. Y aunque tengo proyectos respecto al género,
lo primero que quise terminar fue un poemario. Tomemos un caso poco conocido, La
consciencia de Zeno (1923). En esa novela, Zeno Cossini se toma, aproximadamente,
cien páginas para explicarnos por qué cuando su psicoanalista le dice que
piense en palabras al azar, piensa «ferrocarril» y «padre». Llegada la página
ciento uno, el efecto del descubrimiento nos toca y nos conmueve. La poesía
tiene otro mecanismo, la poesía, como defendía Poe, debe ser corta. Y es en esa
brevedad que nos golpea. Un verso debe tener la fuerza estética de cien
páginas, si no es el caso, podemos desecharlo. La bellas letras o literatura
tiene una ventaja frente a las demás artes, si uno quisiera pintar un cuadro,
debe aprender desde cómo coger el pincel hasta cómo atrapar un concepto en un
color: debe aprender desde cero. No se puede apreciar un brillante sacrificio
de dama en el ajedrez si antes no se aprenden las leyes bajo las cuales
funciona, primero se aprende luego de aprecia. Esto no pasa con las bellas letras,
pues desde el primer momento en que nacemos, comenzamos a aprender lenguaje que
es de lo que se compone la literatura. Es decir, conocemos las leyes del lenguaje
a medida que vamos creciendo. Y desde niños, sin querer, comenzamos a
romper sus leyes. La continuación de ese aprendizaje se llama poesía. El poeta es
un niño que ha aprendido su modo de hablar.
Como decía Borges, la novela
tiene, inevitablemente, ripios. El cuento, para su dicha o desdicha, necesita concreción
y concisión. La poesía, pienso, es el campo más adecuado para liberarse de
cualquier atadura que sí tienen la novela y el cuento. El acto de escribir ya
tiene suficientes rejas (las del lenguaje) para adscribirle más. Todo esto me
hace pensar en una lección que me enseñó un profesor de San Marcos al que he
admirado desde siempre, Carlos Arámbulo; él nos dijo en una clase: «Si quieren
escribir, escriban sin pensar en el lector o género. Si su texto es bueno,
tendrá lectores, y si es malo, los tendrá igual. Y sobre el género, no escriban
pensando “quiero hacer una novela, un poema o un cuento”. Ustedes escriban y
ya, la crítica decidirá qué es lo que es». Valiosa enseñanza en mi
opinión. Cuando empecé a idear Sonimientos no me dije «haré un poemario».
Solo escribí y, al finalizar, decidí que era un poemario. Lo terminé de
corregir y lo mandé al Poeta Joven. Y gané.
Anthony: La obtención de este
premio te coloca en una lista de grandes poetas que lo han obtenido
anteriormente, como César Calvo, Javier Heraud, Luis Hernández, José Watanabe o
Monserrat Álvarez, ¿qué sensación te deja ser consciente de ello? ¿Crees que
este acontecimiento afectará de manera significativa tu manera de escribir de
aquí en adelante?
Renato: You have seen sunshine and rain at once;
her smiles and tears Were like a better way, no encuentro
descripción más justa que la Shakespeare. Esa aparente contradicción
salida del paisaje que componen el sol y la lluvia no son sino los mismos
sentimientos, en apariencia contradictoria, que componen mi yo. La sonrisa, que
es la felicidad, por ver mi fe y trabajo recompensado. El ceño entre fruncido y
relajado, por la duda ante la pregunta que inevitablemente surge en mi fuero
interno: «¿soy digno de ellos?». Las lágrimas, que son dicha y desdicha, por verme
al lado de ellos y al mismo tiempo saberme que soy mortal y acaso pronto seré
solo nombre. La ira por no haber sido más valiente y haberme «mandado antes». Y
así, los sentimientos, ora engarzados ora contradictorios, se abrazan aunque no
quieran y componen mi yo.
Saberme El Poeta Joven del Perú
inevitablemente golpea con un eco lo que escribo y me impele a revisar dos,
tres y cuatro veces lo que escribo hasta que el ánimo diga «ya» y el espíritu
sienta que «va». Por otro lado, también es un eco que me hace consciente de que
tengo fuerza estética y de que mi tema me ha valido un reconocimiento, y
eso cuenta, y eso me alienta, y eso me es y será. Por supuesto todo esto que
acabo de describir es un efecto casi inmediato del reconocimiento; no sé si
estas sensaciones cambiarán y si deberé cambiar la cita de Shakespeare por la
de otro autor para describirme o si alcanzaré el nivel suficiente para citarme
a mí mismo. No lo sé, solo sé porque sé escribir, escribo.
Anthony: ¿Con qué poetas
peruanos te sientes más cercano en cuanto escritura o propuesta estética? Y,
¿por qué?
Renato: Pienso que la vanguardia
más que ser un estilo que escoge un escritor es un periodo de tránsito,
tomemos el caso de César Vallejo. Aunque Los Heraldos Negros (1919)
tiene hermosos poemas como «A mi hermano Miguel» o «La araña», es un
poemario débil en conjunto. Hay poemas demasiado modernistas que han envejecido
y, desgraciadamente, dañan el poemario. Sin embargo, esos poemas que quieren
dejar de ser modernistas son los que han quedado. ¿Por qué? Acaso por esa
intención de Vallejo de nunca dejar de lado la experimentación, acaso porque
intuía que Darío estaba destinado a morir. Con todo, Los Heraldos Negros es
un poemario potente por su dicción del dolor. Si pasamos a la siguiente etapa
de Vallejo, tenemos Trilce (1922). Probablemente el «accidente más bello»
que podremos ver, por lo menos en castellano. Aún con todos esos juegos
verbales y ese destripamiento del lenguaje, es un poemario que está destinado a
ser una caja de herramientas para un poeta, una caja brillante, pero caja a fin
de cuentas; su experimentalismo llega a tal grado de que muchos de los
poemas destacan por su sonido, técnica y vaciamiento de lenguaje:
inevitablemente sucede la admiración y aplauso, no nace la identificación, el
amor, el sentir. El mejor Vallejo, el Vallejo universal, el Vallejo «El Gran
Poeta de la Lengua», el que compite con Shakespeare, con Homero, con Dante, es
el Vallejo de Poemas humanos (1939) y España, aparta de mí
este cáliz (1939), es en estos poemas que el experimentalismo propio
de la vanguardia se funde en un crisol con el romanticismo castellano
tan afín a Vallejo y producto de esa unión, nacen esos poemarios. Con el
caso de Vallejo entendí que la vanguardia y su afán de experimentación
debe tener otras bases que la experimentación en sí misma. La experimentación
debe perfeccionar una dirección que el poeta asume. Me siento cercano a Vallejo
porque nunca dejaré de lado la experimentación y porque creo firmemente que el dolor
no solo debe gritarse, sino que debe hacerse algo más con él. Es así como Sonimientos
si bien coge la experimentación, busca aliarse con el lirismo, por ejemplo.
Fundidas esas dos consignas, nace el poemario. Por supuesto, el tema del dolor,
que atraviesa a Vallejo, me atraviesa a mí también, así como el tiempo o la
presencia de la madre. Aún con todo eso, considera de más importancia el valor
que Vallejo da a la experimentación con el lenguaje.
Mariátegui fue el primero en
llamar «antisonetos» a los Sonetos de Martín Adán. Este gran
ensayista que fue Mariátegui notó la intención de Adán de revivir una forma
antiquísima no para imitarla sin más, sino para reformarla y darle su propia
voz a un molde otrora usado. Otra vez, la experimentación, en este caso, en una
forma antigua. En Sonimientos hay un apartado que intenta revivir formas
antiguas y someterlas al quirófano del poeta. Martín Adán revive el soneto; yo
revivo el soneto, la sextina de Arnaut Daniel y la cuaderna vía de Gonzalo de
Berceo. Las someto a la experimentación, en mi caso intento liberar del corsé
de la métrica a estas formas clásicas, aunque parezca contradictorio. Impacto
el verso libre en las estructuras clásicas. Producto de ese choque nacen
esos poemas. Adán, erudito de la tradición no solo revivía formas antiguas,
sino que hablaba del Perú, en lo más profundo de sus poemas. Al fondo está el
Perú.
«Y esperemos que se acabe de una
vez el lenguaje así» dice María Belén Milla en su poemario Amplitud del Mito
(2018). Esta poeta de una sensibilidad otrora inimaginable, que con su dialogismo
poético nos introduce en sus dolores personales, me da la sensación de que decide
confiar en el lenguaje a pesar de que éste no puede expresarlo todo. María
Belén traza otro camino al de Vallejo y combate con él. No revive formas
antiguas, crea sus propias y alcanza un lirismo ora oral ora introspectivo ora reflexivo
que alcanza todas nuestras fibras más humanas. María Belén Milla sin duda es y
será una poeta de la que aprenderé muchísimo.
Anthony: ¿Cuáles consideras
que son tus ejes temáticos predilectos o los que te gusta explorar con más
atención?
Renato: Desde que leí Alicia
en el país de las maravillas (1865) y «El otro» (1975) de
Borges. El tiempo ha sido un tema que ha tenido intrigado y sido la causa de
muchas noches de insomnio. Sobre la naturaleza del tiempo, he dedicado muchos
de mis poemas y el «Arte poética» que contiene Sonimientos va en
ese sentido, querer responder qué es para mí, el tiempo. «La sola edad, simple
y monocorde» dice uno de mis versos. No es sino un intento por querer graficar
nuestra vida ante el tiempo. Una de mis consignas es matar el tiempo a través
del lenguaje. Luchar contra él, así como lucha Alicia o así como los miembros
de la hora del té no pueden tomar el té porque aún no es la hora. «Si no
me preguntan que es el tiempo, lo sé. Si me lo preguntan ya no lo sé», peroró
San Agustín; al igual que él, pienso que todos intuimos qué es el tiempo pero
no podemos traducirlo en nuestras torpes palabras. Uno de mis intentos poéticos
es poder traducirlo en un verso. El tiempo es un tema que al someterlo a ser
materia poética es como una mina sempiterna, con principio, pero sin fin. Del
tiempo han salido versos tan memorables respecto al amor, «Polvo seré mas polvo
enamorado», respecto a la patria. «Hay hermanos tantísimo que hacer», respecto a dolor. «For in that sleep
of death, what dreams may come». El tiempo ataca cada tema que aborda el
ser humano y el humano reacciona. A través de mi poesía busco acabar con él. Ya
lo decía Poe, que el hecho capital en la vida de todo ser humano es el dolor.
En mi caso, el tema no es precisamente el dolor sino el doler. El dolor parece
algo más abstracto, el doler ya tiene carne, ya tiene algo humano, pues
el un alguien el que lo sufre. Observemos toda la producción teatral de
Shakespeare, pronto notaremos que cada una está atravesada por el doler más que
por el dolor. Pues no es Hamlet que reflexiona sobre el dolor, sino que es el
Hamlet de carne y hueso que siente dolor y se congoja de ello. No es Julieta
que reflexiona sobre el dolor del amor, es Julieta que siente el dolor. El doler
es el hecho fundamental de nuestra existencia, el doler de estar vivo, por
ejemplo. Hacia él dirijo mis fuerzas, pues acaso pronto seré solo nombre. Pienso
que todos sufrimos y nos pesamos de ello; sin embargo, no basta, creo,
gritarlo. Hay que atacar el dolor. Eguren, con su poema «Lied I» nos
grafica el paso del tiempo no en los hombres sino en un paisaje entero. Grafica
como un «árbol sangra ante el paso del tiempo». Eguren vuelve arte un hecho
doloroso con el paso del tiempo, le brinda su belleza. Nos toca hacer lo mismo.
Mi nación, mi golpeado Perú, siempre será el telón de fondo de todo lo que
escribo, no concibo otra forma de escritura. Esa fue la única lección que nos
dejó Hora Zero, no olvidar nuestra tierra firme. Mi Perú tantas veces
golpeado, es mi tema predilecto.
Anthony: ¿Qué consejos les
darías a las personas que recién están empezando a escribir y que quieren
dedicar gran parte de su vida a la literatura?
Renato: Esta pregunta se
la hice a mi gran maestro y amigo Marco Martos, él me recomendó leer Cartas
a un joven poeta de Rainer María Rilke. Sin duda fue una de las lecturas
que más preguntas respondió a mi yo inseguro. En ese libro Rilke responde
muchas de las preguntas de casi todo primerizo escritor como ¿sobre qué
escribir? ¿Cómo hacerlo? ¿Cuándo saber que ya está terminado algo que parece
que siempre lo estamos comenzando? Muchas de estas preguntas tienen una parcial
respuesta en ese libro. Invito a cualquier escritor a leerlo. Una recomendación
que daría, ya de modo un poco más personal, es que al decir de Rilke, se traten
cuando comiencen a escribir como si fueran Adán y Eva, los primeros humanos en
habitar el Edén y luego el mundo. Piensen que nadie estuvo antes de ustedes,
piensen que son los primeros en escribir sobre el amor, el dolor, el tiempo. Dejen
reposar esos textos, pero siempre vuelvan a ellos, modifíquenlos, quiéranlos,
ámenlos, ódienlos, rómpalos y vuelvan a esos primeros textos. Probablemente sea
lo más auténtico que se pueda escribir. Sean como Adán y Eva, sean los primeros
en ser únicos. Ellos no tenían otra opción más que ser únicos, ustedes la
tienen, elíjanla o no. Otro gran peso sobre los que escribimos me parece, es
repetir algo sobre lo que ya se ha escrito. Esto puede devanar los sesos a
muchos. Creo que la mejor receta es escribir con miedo, pero escribir. La
constancia tarde o temprano no solo vence el talento sino todos los miedos. Hace
algún tiempo vi una serie en Netflix, se llama Periodo azul en esa serie
se trata el tema de la creación. En uno de los pasajes de la serie, le
protagonista menciona: «Sé que no soy un genio. Entonces seré tan bueno que me
confundirán con uno». No creo en lo que las personas llaman talento. Creo en el
esfuerzo y sacrificio. Talento lo tenemos todos, constancia no muchos.
Anthony: Finalmente, ¿qué
estás leyendo actualmente y qué opinas de esa lectura?
Renato: Actualmente, más
que leer estoy releyendo. Acabo de releer por segunda vez Amplitud del mito de
la excelente poeta María Belén Milla. Este poemario me recuerda siempre lo
límites del lenguaje, me parece que María Belén nos lleva de la mano y nos hace
ver, de lejos, los límites de nuestro lenguaje. Causa miedo, por supuesto, pero
nos enseña a confiar en él. Y ese camino que se nos construye está hecho con
tanta ternura y lirismo, que me hace pensar en los ángeles arcabuceros que,
aunque tienen rifles, un porte solemne y una presencia de autoridad, logran
transmitir un regocijo y abrazo. Esa misma sensación impacta en mí al leer Amplitud
del mito. Me parece que María Belén Milla perfecciona las imperfecciones
del lenguaje.
Soy mucho de leer varios libros a
la vez. En paralelo con María Belén Milla, estoy releyendo a Shakespeare.
Siempre vuelvo a él. Nunca termino de atraparlo. Una de las piezas más
memorables, creo que es The King Lear, sigo encontrando en él líneas con
una profundidad tal que pienso que nunca termino de conocerme hasta que
Shakespeare lo hace por mí. En esta obra, casi por el final hay un estribillo
que se repite y que yo mismo me repito: «Nothing will come of nothing». No hay
sentencia más cierta. Es necesario empeñarnos con asiduidad en algo para que
salga algo.
Renato Bueno Benito*
(Huancayo, 2001). Inició su formación escolar en Tarma y a temprana edad se
trasladó a Florencia, Italia, donde consolidó una educación bilingüe que
marcaría su mirada del mundo. Cursa actualmente la carrera de Literatura en la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue becado por la Universidad de
Deusto (España), en cuyo Departamento de Ciencias Religiosas realizó estudios
complementarios. Su primer poemario, Sonimientos, obtuvo la XII edición
del Premio El Poeta Joven del Perú (2025).

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