ENTREVISTA A STUART FLORES
STUART FLORES: «LA LITERATURA ES UN OFICIO LLENO DE INCERTIDUMBRES, Y CADA ESCRITOR TERMINA CONSTRUYENDO SUS PROPIAS CERTEZAS EN EL ACTO MISMO DE ESCRIBIR»
Stuart Flores* es actualmente uno de los escritores peruanos con una propuesta estética ambiciosa y heterogénea. Ha publicado hasta el momento libros de cuentos, novelas, textos de no ficción y un poemario. Además, la calidad de su obra ha sido respaldada por galardones literarios como el Premio Copé de Cuento. En esta oportunidad, El Hacedor conversó con él para conocer su formación como escritor y sus reflexiones sobre el ejercicio de la escritura.
Sebastián:
A propósito de la publicación de tu segunda novela, Preludio a los delirios de un joven pianista sin cabeza (2025), ¿qué aprendizajes te ha
dejado escribir un texto de más de seiscientas páginas?
Stuart:
Muchas veces no se toma en cuenta algo bastante obvio: quienes escribimos
usamos nuestro tiempo de vida para hacerlo. A veces se discute si, al escribir,
uno deja de vivir, cuando en realidad la escritura también es una forma de
experimentar la vida. Cuesta imaginar cómo habrá sido, por ejemplo, la
experiencia de Vargas Llosa al escribir La
ciudad y los perros (1963)
o la de Borges al trabajar en alguno de sus cuentos. Las sensaciones que los
atravesaron mientras se entregaban a su escritura. Pero se puede intuir que
fueron experiencias muy intensas y, para mí, envidiables. Me interesa mucho eso
porque en algún momento llegué a pensar que estaba sacrificando tiempo de vida
por dedicarme a escribir. Pero ahora puedo decir que, al hacerlo, he ganado una
experiencia de otro orden: la de haber escrito novelas, y, a partir de allí, la
de haber sentido la escritura. En el proceso aprendí a ser más constante y
disciplinado, y también a sostener un tipo de emoción que, si no se sabe
conducir, puede ser desgastante o volverse monótona. Escribir me enseñó a
manejar el aburrimiento y a observar mejor, a convertirme, de alguna manera, en
un canalizador de la realidad. Además, cada texto trae consigo un nuevo
aprendizaje, y eso es lo maravilloso de la escritura: uno se mantiene siempre en
el nivel de aprendiz.
Anthony: Hemos visto que has incursionado en distintos
géneros, como el cuento, la poesía, la novela, el periodismo y la crítica
literaria. A partir de ello, ¿cuál es tu procedimiento al momento de abordar un
nuevo proyecto? ¿Y qué dificultades encuentras al escribir un nuevo libro?
Stuart:
Considero que no tengo muchas dificultades porque siempre
estoy lleno de materiales. Quizá la única complicación sea encontrar un orden
dentro de los acontecimientos que suceden en mi vida para escribir en paz,
porque a veces o casi siempre la vida interfiere en la escritura. Sería genial
tener un doble. Uno se dedicaría por completo a vivir, y el otro solo se encerraría
a escribir. En cuanto al procedimiento, siempre tengo muy claro el inicio:
suele surgir con una frase que, de modo inevitable, atrae a otras. Al cabo de
un tiempo, cuando he escrito la primera página, ya están decididos el tono y,
de alguna manera, la extensión. Sin embargo, lo sorprendente es que sigo
escribiendo y esas decisiones iniciales terminan siendo traicionadas y al final
acabo haciendo algo distinto de lo que había planeado. Me gusta trabajar en un
punto intermedio entre el control absoluto y la improvisación pura. Si improvisara
completamente, me perdería; aunque hay quienes pueden hacerlo, yo prefiero
tener una ligera hoja de ruta. Al final, la literatura es un oficio lleno de
incertidumbres, y cada escritor termina construyendo sus propias certezas en el
acto mismo de escribir.
Sebastián: ¿Cómo fue el descubrimiento de tu vocación
literaria?
Stuart:
Creo que eso está muy ligado a la lectura. Pienso en el libro como un objeto
con muchos sectores o áreas, y cuando me encuentro con personas que pertenecen
al ecosistema literario, suelo preguntarles: «¿Cuál es tu parte del libro?».
Porque, de algún modo, todos habitamos en una o varias partes del libro: unos
están en la zona de la lectura, otros en la de la escritura, otros quizás
habitan en las áreas de la edición o de la crítica. Sin embargo, todos
empezamos por la lectura, que es la etapa del verdadero goce. Yo, desde luego,
partí como lector, y casi sin planearlo comencé a escribir, asumiendo luego que
la literatura conllevaría una dedicación importante en mi vida. A partir de ese
momento, mi forma de leer cambió: se distorsionó por completo porque ya no leo solo
por placer, sino buscando el acierto o el error para aprender de ellos. Cuando
quieres ver cómo se hace el truco de magia, se acaba la etapa del lector
ingenuo. De este modo, la escritura termina contaminando, en el mejor sentido,
todas tus relaciones. Incluso solo te interesas en las personas que, tarde o
temprano, podrían convertirse en material literario. Aunque suene a frase
cliché es una verdad algo obvia. Se parece a lo que hacen los actores de
método, que trabajan, si su futuro rol así lo requiere, en lugares como
restaurantes de comida rápida solo para experimentar una rutina real. Todo lo
que uno consume o experimenta, ya sean películas, conversaciones o relaciones
afectivas, pasa a ser parte de ese gran archivo que alimenta la escritura.
Anthony:
Coméntanos sobre tus referentes
literarios. ¿Cuáles son y si alguno de ellos te ayudó al momento de escribir tu
última novela?
Stuart:
Hay un escritor que me gusta mucho y sé que nunca podría imitarlo porque me
desviaría completamente de lo que intento hacer. Ese autor es Francisco Umbral.
Si eres un lector muy atento, te percatarás de que posee una profunda conciencia
sobre el lenguaje. Además, sus novelas no son nada convencionales, a mi modo de
ver, y su estilo tan refinado y poético me fascina, aunque me resulte imposible
reproducirlo. A fin de cuentas, uno ama lo que no puede tener. Yo lo considero
un referente no solo por su escritura, sino también por su vida: escribió
muchísimo y tuvo una existencia intensa. Amó y sufrió profundamente. Es una
influencia para mí porque me demuestra que se puede vivir a plenitud y, al
mismo tiempo, escribir con pasión. Si él pudo hacer tantas cosas a la vez,
siento que yo también puedo intentarlo aunque sea por un muy breve periodo. En
cuanto a mi última novela, no sé si tuve un referente directo. Eso debería
descubrirlo un crítico, no yo. Sin embargo, reconozco que hay un magisterio
tanto de Roberto Bolaño como de Javier Marías en esta novela. Pero, a pesar de
esta afirmación, me cuesta explicar cómo hice lo que hice. Incluso me resultaría
imposible desentrañar las situaciones que ocurren dentro de mi libro. Recuerdo
que Hernando Cortés, quien fue mi profesor en la universidad, nos entregó un
texto suyo. Cuando lo leí, me surgieron muchas dudas sobre una acción puntual
de un personaje, así que al salir de clase me acerqué a preguntarle por qué el
personaje actuaba así. Yo suponía que él lo debía de saber, dado que había
escrito el texto. Sin embargo, simplemente me dijo: «No sé por qué él hace eso,
yo solo lo escribí». Creo que yo podría decir algo similar: no sé qué clase de
motivaciones rigen a mis personajes. Lo único que hago es escribir dejando la
racionalidad a un lado, abandonándome al lenguaje.
Sebastián:
¿Tienes otros referentes artísticos? ¿Pintura, cine, teatro…?
Stuart:
Sí. De hecho, quienes se han tomado el trabajo de leer lo que escribo pueden
darse cuenta de que siempre hay pintores rondando en mis historias. Me gustan
los surrealistas, incluso en figuras tan opuestas como Salvador Dalí y Joan
Miró. También encuentro mucha inspiración en el cine. Hay directores que parece
que te narran una novela en la pantalla. Recuerdo que luego de haber visto The Master (2012), de Paul Thomas Anderson, pensé: creo que acabo de leer
una novela. Por otro lado, para mí la música es una fuente constante de
energía. Soy fan de Radiohead, y lo que intento lograr al escribir es que el
lector experimente una emoción parecida a la que yo sentí cuando escuché por
primera vez el OK Computer.
Anthony:
¿Qué opinas de la literatura peruana
actual?
Stuart:
Hay un autor contemporáneo al que, debo admitir, le tengo una sana envidia por
lo bien que escribe: Cristhian Briceño. Su obra narrativa me gusta mucho porque
siento, al leerla, que puedo comprender cómo es que él entiende la literatura. Y
esa visión me agrada. Su obra de ficción me parece admirable porque muestra un
estilo muy propio y coherente con una sensibilidad bastante peculiar. Y además
de ser un excelente narrador, se desenvuelve con gran nivel en el terreno de la
poesía. De los escritores que he podido conocer, me atrevería a decir que es
uno de esos raros casos en los que se manifiesta un talento natural.
Sebastián:
Tras haber ganado algunos premios, ¿qué
opinas de los premios literarios en el Perú? ¿Consideras que son suficientes y
que ayudan a potenciar la carrera literaria o crees que aún faltan más
concursos?
Stuart:
Es una pregunta compleja. Habiendo participado en concursos puedo decir que
ganar un premio brinda cierta visibilidad: uno pasa a ser un autor un tanto más
conocido, y eso es positivo porque la obra gana atención. Pienso que los
premios literarios son como un accidente feliz. Sin embargo, muchos asumen que,
mientras mayor sea el premio metálico, mayor será el prestigio. Pero el
prestigio, en realidad, se construye a partir de una mezcla de factores que
pueden coincidir o no. Por ejemplo, hay autores que, con el tiempo, consolidaron
su prestigio con los premios que ganaron, y luego elevaron el prestigio de esos
mismos premios por haberlos ganado. Pienso en Roberto Bolaño y su relación con
los premios. Él, de hecho, participó en muchos certámenes literarios buscando
en estos un modo de subsistencia. Aquí uno se siente identificado porque hay en
ello una dimensión muy humana: escribir para vivir. Ahora bien, considero que
en el Perú siempre van a faltar concursos literarios. Deberían existir más
espacios que den oportunidades a distintos autores, jóvenes o no, para que
puedan publicar sus textos. Lo digo porque el escritor peruano vive, en muchos
casos, en un estado de incertidumbre editorial: cuando terminas un libro, no
sabes si alguna vez lo verás publicado, salvo excepciones. Las editoriales
independientes representan un salvavidas, sí, pero también muchas de ellas
atraviesan problemas diversos: algunas librerías no suelen pagarles a tiempo por
los ejemplares que les solicitan, o los libros que publican no ingresan a las
grandes cadenas de librerías, donde quizás obtendrían mayor exposición. Volviendo
a lo que me concierne como autor, una manera de captar la atención de un editor
serio es ganando un premio, pero es lamentable que tenga que funcionar así.
Anthony:
Durante un tiempo dirigiste un espacio donde subías reseñas literarias llamado El
nictálope; en ese sentido, ¿cuáles son los aspectos que más valoras en un
texto literario?
Stuart:
Quisiera aclarar que antes solía ser muy simplista al leer. Me resultaba fácil
decidir qué me gustaba y qué no porque no analizaba nada a profundidad. No soy
crítico literario, no me formé así. Yo era más bien un lector impresionista.
Sin embargo, con el tiempo he desarrollado otra perspectiva frente a los textos
literarios. Lo primero que valoro es que un autor se atreva a ser distinto, a romper
los moldes. Sé que muchas veces eso no se hace por temor a no encajar. Por eso
admiro cuando un escritor se arriesga, cuando pierde ese miedo a intentar algo
nuevo sin preocuparse tanto por agradar. Me interesa cuando un autor logra
complacerse a sí mismo al escribir. Ese hedonismo creativo me llama la atención
porque demuestra que ese autor tiene conciencia del lenguaje y que está
construyendo, poco a poco, una poética personalísima. Ese tipo de rasgos se
perciben desde las primeras obras. Por ejemplo, el escritor Juan Carlos
Nalvarte tiene un libro de cuentos en el que deja ver esa autenticidad y esa
búsqueda personal que tanto valoro. Uno puede notar cuando alguien se ha
divertido al escribir. Cuando, más que rellenar líneas en el Word, se ha puesto
a jugar. Es eso lo que me atrae.
Sebastián:
¿Cuáles son tus motivaciones para escribir?
Stuart:
En realidad, diría lo contrario: suelo encontrarme en periodos de desmotivación
constante. Siendo honesto, escribir novelas o cuentos no «sirve» para nada en
el sentido práctico. Es una labor sin utilidad evidente. Al fin y al cabo, es
mucho más valioso para la sociedad construir puentes o curar enfermedades.
Pero, paradójicamente, esa inutilidad es lo que le otorga sentido a la
escritura. En un mundo donde todo debe servir para algo, me alivia saber que se
puede practicar con mucha seriedad y profesionalismo y durante muchas horas
algo que no sirve para nada. Pero más allá de esto, a través de la escritura
uno aprende a darle significado a aquello que, en apariencia, no lo tiene. Y
eso es lo que me motiva: enfrentarme a la incertidumbre que implica comenzar
una nueva obra, sin saber exactamente a dónde me llevará ni qué significados
nuevos encontraré. Esa sensación de explorar sin saber hacia dónde voy, de no
tener el control completo de nada, es lo que hoy me impulsa a seguir
escribiendo.
Anthony:
¿Sientes que el periodismo ha influido en tu carrera como escritor?
Stuart:
Creo que las mejores lecciones de escritura las recibí cuando empecé a trabajar
como periodista. En el periodismo nada debe sobrar: cada palabra tiene que ser
precisa. Ahí entendí lo que realmente significa escribir. Aprendí que uno debe
ser riguroso y eficaz, porque ocurre que te piden entregar un texto el mismo
día, y eso te obliga a escribir sin esperar a la inspiración. Desde luego, la
literatura que me interesa no se fabrica con las prisas del periodismo, pero el
oficio periodístico me enseñó que se puede escribir incluso sin ganas, solo con
disciplina y persistencia.
*Stuart Flores
(Huancayo, 1986). Estudió Periodismo en la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado los libros de cuentos La muerte
es una sombra (Matalamanga, 2013) y Aquello que agoniza entre nuestros
dedos (Dendro, 2023), la novela La velocidad del pánico (Narrar, 2018),
el poemario ele (Dendro, 2018) y el ensayo César Hildebrandt.
Argumentos contra el poder (Revuelta, 2019). En 2014 obtuvo el segundo
lugar en «El Cuento de las 1000 Palabras» de la revista Caretas, en 2016
fue finalista del Premio de Novela Breve «Cámara Peruana del Libro», en 2018
recibió el Premio Copé de Oro en la categoría de cuento y en 2021 fue finalista
del 9.° Premio a la Joven Literatura Latinoamericana. También en 2021 fue
incluido en las antologías Cuentos peruanos de la pandemia, Esta
realidad no existe y Selección peruana 2015-2021. Este año publicó
su segunda novela: Preludio a los delirios de un joven pianista sin cabeza (Dendro,
2025).

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