RENATO BUENO BENITO: SONIMIENTOS
RENATO BUENO BENITO: SONIMIENTOS
REGIÓN: LIMA
AÑO DE PUBLICACIÓN:
2025
VALORACIÓN: (3/5)
EDITORIAL: CUADERNOS TRIMESTRALES DE POESÍA
La
quintaesencia de Sonimientos es la
magna polisemia que propone a través del sonido. Ya el solo nombre de esta obra
se esfuerza por invadirnos con su ambigüedad. Por ventura, podría ocurrírsenos
una connotación coherente al descomponer la palabra y homologarla con otras: soni-dos, senti-mientos. No obstante, esta solución no nos saca de aprietos, pues
la interpretación todavía se presta a otros ensambles, otras combinaciones de
acuerdo a la gigantesca variación léxica que ofrece nuestro idioma. Lo cierto,
en todo caso, es que la formulación de un nombre tan infrecuente anuncia,
primero que nada, la preminencia de un significado incierto a simple vista y,
en segundo lugar, la referencia medular a las dos primeras sílabas de lo que,
se verá luego, es la sonoridad. Converjamos en que la palabra: soni-dos no era suficiente para explorar
la vida en verso; la pluralidad de sus rostros semánticos ameritaba encontrar
un sufijo que remitiera a algo más que un número (-dos), pese a la duplicación
que aquel sugiere. Así, el verbo: «sonar»
se sustantiva en más de un perfil, en más de un sentido, en más de un sonido.
«Arte poética» nos abre la puerta hacia
esta aventura acústica: «Concierta un concierto con cierto sentido y al
pensamiento/ movimiento y sentimiento canta torbellino canta […]/ ¡significa
sonando!» (pp. 21-22). A leguas se nota la preferencia por la exaltación del
ritmo, la asonancia se escapa hasta por las consonantes («c», «s»); rima y
aliteración orquestan una simetría armónica que tomará posición en los catorce
poemas que componen el conjunto, al mismo tiempo que tomarán posición implícita
frente al hartazgo de la visualidad imperante de la cultura contemporánea, tan
atiborrada de pantallas, publicidad e inmediatez: «Mucho mundo, mucha imagen,
mucha vida como el río/ mucha muerte como el sueño/ mucha metáfora cansina» (p.
22). Inclusive, con este último verso, pareciera contrariar otras poéticas que
no exploten la naturaleza sonora del lenguaje; pero de ser así, no se trataría
de una rivalidad tan antagónica, sino de una competencia por trascender, una
selección natural.
Sigamos, entonces, las cinco secciones de
la colección, cuyo corpus viene dado por cuatro tandas de tres poemas y un
poema de amplia extensión en la parte última. Estas son: «Constantes
eternidades inconstantes», «Símbolos patrios», «A nosotras (y a él también)»,
«Verso inverso en la forma conversa» y «Nostros».
De
inmediato, al pasar las páginas, viene la primera sección y nos topamos con otro nombre indescifrable, un ser que
canaliza el devenir del tiempo y otorga existencia a quien lo invoca: «Sí. Tú eres mi dorio y jonio Micomicón/ Simple, llano
y monocorde: soy el sol pasar, soy la edad pasar/ Simple, llano y monocorde:
soy el eterno pasar / Simple, llano y monocorde: llamo a ti, pasar» (p. 25). Gracias
a su gracia, florece la rosa; brota entre matorrales de podredumbre e
indiferencia urbana. Simplemente es un símbolo nítido de cómo la poesía
permanece pese a su inferioridad entre las prioridades de nuestro presente y
las desventajas que aquel adolece para darle mayor resguardo: «Rosa o roja, va
la rosa entre mugror y mierdor, y va sin un por qué/ nuestra rosa es sin por
qué» (p. 26). En efecto, esta crece, aunque sea ignorada, casi tan ignorada
como el ser enamorado que insiste para conversar con otro por celular en «Nos
chat de Whatsapp»; poema en el que entran a tallar vocablos francófonos a favor
de robustecer la simetría lírica.
En la segunda sección, la que pierde
lustre por el lugar común de los temas, encontramos el Perú en un ómnibus lleno
de ciudadanos de segunda y tercera clase, conscientes del rutinario ruido del
movimiento urbano. Desde luego, el sonido también proviene de los ruidos, los
más incómodos o tediosos del entorno limeño. ¿Cómo sabemos que se trata de
Lima? La pieza titulada «Plaza Dos de Mayo» no podría remitir a otra ciudad, al
menos no sin antes captar por verso el atolondramiento que parece concentrarse
en diversas direcciones; como si nos hablaran muchos desconocidos al mismo
tiempo y no supiésemos a quién atender primero: «flautas y violines/ frutas y
verduras/ piercings y tatuajes/ y más este lado novelas y poemas/ y más del
otro lado anal y vaginal/ (apestan sonidos y bastante)» (p. 32). Mas no nos
quedemos con la crítica social, esta es el marco para profundizar en el deseo
de regeneración, cuya expectativa voltea hacia «un allí que al fin es nuestro
aquí» o sueña «que lo más real de la vida son los sueños» (p. 33).
Ya en la tercera tanda de poemas, nos
congraciamos con la ternura de una analogía tan delicada como la de una taza y
la mujer enamorada. Tanto quiere a su amado es tanta renuncia a su entereza:
«Ser un asa. una taza. simplemente una parte de taza. simplemente tu parte» (p.
37). No obstante, esta noción de complementariedad, si bien desprende dulzura,
termina opacada por el cariño transparente hacia la figura materna; y es que,
lo singular viene cuando la pieza «A mi madre Isabel» desata un anhelo por
encontrar el origen de la vida, la causa del amor, la cual existe incluso antes
de que la madre sea madre o tan siquiera esposa. Esta causa primera parece
indesligable del presente y el futuro, este amor se figura absoluto o eterno:
«retorna tiempo retorna y déjame saber el antes de mamá/ tu antes de música en
francés […]/ tu antes de mi padre/ tu antes de madre […]/ todos y cada uno/ de
tus antes y despueses […]/ No tardes en hablar, Bueno? que aún te puedo
escuchar» (pp. 39-40). El eco vallejiano es más que un corolario accidental,
también reluce en otros poemas.
La cuarta tanda es un manojo de homenajes a
poetas tanto de la tradición peruana que representa Martín Adán como de la
europea que representan Gonzalo de Berceo y Arnaut Daniel. Previsto así, la
alusión al vanguardista peruano parece darse en son de preludio para justificar
el juego estilístico a contracorriente de los modelos originales que proponen
los poetas europeos. Si concebimos un antisoneto, ¿por qué no hacer algo
semejante con la cuaderna vía y la sextina? Esto termina en una maniobra
experimental que tiene mayor gracia en el «Antisoneto V» que en la «Amorosa
cuaderna libre vía» y en «La contrasextina de la vergüenza identitaria». La
emulación del estilo adanista adquiere aciertos muy decentes por el cuidado de
las omisiones y reticencias al estructurar cada verso, mientras que la cuaderna
vía expone cierta desproporción al explotar una retórica hermética en la
primera mitad del poema y asumir un registro más diáfano en la segunda; esto es
algo que se ha intentado arreglar con un trasvase de interrogantes, «¿Qué más?
¿Qué? ¿Qué más infinito que tu finito?» (p. 46), pero no consigue ser convincente.
En cuanto a la sextina, resulta eufónica y pertinente, pero no deja de ser un
espécimen casual que no toma tantos riesgos, como sí lo hicieron las otras dos
piezas.
Finalmente, llega el broche de oro con la
quinta sección y el extenso poema que alberga: «A pesar de y sin embargo». Aquí
se sintetiza todo lo espectado, o, mejor dicho, todo lo oído. Desde la rosa
hasta el ómnibus, desde la madre hasta la poesía vanguardista, los motivos se
fusionan para darle forma al dolor que moviliza los engranajes de esta
maquinaria musical: el dolor de todo el país, de toda su realidad
contemporánea. Al igual que la búsqueda del amor materno se orientaba hacia un
antes eterno, la búsqueda del amor a la tierra se encuentra en un antes
histórico: «Retorna tiempo retorna y déjame saber el antes de país tu/ antes de
Perú potencia mundial/ tu antes de Magno virreinato […]/ tus despueses me los
sé/ canta torbellino canta» (pp. 52-53). No obstante, esta búsqueda no se queda
en las manos del poeta que invoca el retorno, desafía al lector a sumarse a la
pesquisa; y lo hace con nada más ni nada menos que una paráfrasis de Charles
Baudelaire: «y tú, hipócrita lector/ aunque y sin embargo, a pesar de, ante y no obstante,
mas a pesar de cual o cuan, empero y antes bien, y al contrario de todo, o en
cambio, pero nunca y siempre, jamás y ante todo, sin importar el qué y el qué
dirán, ahora y siempre// ¡CANTA!»
(p. 54).
Renato Miguel Bueno Benito ataca con una
poesía armónica la falsa consciencia que podríamos tener de una realidad
armónica. Evita caer en panfletos y reclamos a secas, se preocupa por recobrar
moldes medievales, clásicos y barrocos sin abandonar las enseñanzas del
vanguardismo heredado por el siglo XX. Tras una resonancia perpetua del estilo
conversacional que trajeron los años sesenta, una obra como la suya resulta
refrescante; el fraseo o la imagen han gobernado varios lares de nuestra
consciencia poética hasta el día de hoy, alzar el oído para recobrar las
sinfonías y las cantatas de antaño sirve de provocación para refinar las
siguientes cosechas versales. Cierto es que la poesía conversacional ha
adoptado facetas impredecibles hasta dejar de serlo, pero la mayor distancia
que se puede tomar de ella se da desde el sonido; Bueno Benito lo ha hecho con
el apoyo de Vallejo, Adán, los simbolistas franceses y los medievales europeos.
Esta es una proeza digna de reconocer.
Sin embargo, cabe anotar que se trata de
una obra creíblemente buena, pero no increíblemente buena. Los tópicos urbanos
no calan con suficiente conmoción, carecen de dramatismo y ya fueron abordados
por múltiples exponentes que han puesto la valla en lo alto; verbigracia,
Domingo de Ramos y Valeria Román. Además, la exploración de los moldes clásicos
en clave vanguardista no ha llegado a su máxima expresión, dejan deseando más y
terminan opacados por el poema de introducción y el de cierre. El resto enardece
con llamas desiguales, pero no cesa su calor; la rosa y la figura materna han
nucleado las otras estructuras para sostenerlas. Aunque Sonimientos se esfuerza por consagrarse como un poemario, su
composición responde más a la de un libro de poemas; ello no supone un
desperfecto, para nada; pero sí permite entrever las razones de la asimetría
entre tópicos tan disímiles entre sí. Hay un intento por unificarlos en el
poema que concluye la obra, pero este no deja de ser un último recurso. Ante
dichas observaciones, vale la pena esperar los siguientes libros de Bueno
Benito, pues su travesía escrituraria ha comenzado con el pie derecho.
Hacedor: Edward Álvarez Yucra

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