EDMUNDO DE LOS RÍOS: LOS JUEGOS VERDADEROS

 



JUEGOS Y REVOLUCIONES

REGIÓN: AREQUIPA
AÑO DE PUBLICACIÓN: 2024
EDITORIAL: LA TRAVESÍA EDITORA

Los juegos verdaderos es la primera novela de Edmundo de los Ríos, escritor arequipeño de mérito narrativo y poca suerte en la posteridad literaria. Aparece en 1968, a finales de la primera década de la Revolución Cubana y en pleno auge del boom latinoamericano. Década convulsa en la que se refunda la sociedad cubana y, sobre todo, los circuitos culturales. Justamente, el novelista arequipeño logra una mención honrosa en una de las nuevas instituciones culturales del país caribeño: el Premio Casa de las Américas, que entonces prometía la internacionalización artística y unión entre los países hispanohablantes. Latinoamérica, sumida en gobiernos autoritarios, economías sumamente intervenidas y fragmentación social, observaba con admiración y respondía.

Visto este panorama, no es de extrañar la naturaleza de una obra como Los juegos verdaderos. La habilidad del novelista arequipeño para simular un discurso programático, una suscripción a la utopía revolucionaria, a ese sistema que permitía un progreso cultural inusitado en la región, es notable y muestra una preocupación por el cambio social de su país. Se cita a Juan Rulfo, quien, cual padre bautista, anunció a Los juegos verdaderos como la primera novela latinoamericana revolucionaria.

La premisa no podía ser más moderna y representativa para el continente: un grupo de amigos, «Los halcones negros», crecen en una provincia de Perú, Arequipa, jugando en contacto con la naturaleza; forman parte de un universo social armónico que se interrumpe con el asesinato de uno de los niños del barrio. Tal vez lo más interesante de esta primera historia (sin criterio cronológico) sea la humanización del asesino, quien se vuelve narrador y revela su estructura de pensamiento, valores y acciones. Se usa una narración caótica, propia del monólogo interior, para descifrar la mente de este personaje. La falta de juicios morales, por otro lado, también es un acierto que nos recuerda algo principal en la nueva novela latinoamericana de entonces: cada personaje es un universo, ya no se trata de un tipo psicológico o moral, como en la novela tradicional. La presencia de personajes marginales acentúa este aspecto.

Segundo, un grupo de jóvenes universitarios sufre la represión militar e institucional en Lima, así como la decadencia de la educación universitaria. Deciden que es necesario un cambio, una revolución completa en el sistema social, que les exige formarse contra su voluntad, y el político, que les exige una sumisión cívica. La revolución funciona como un contrapeso a la brutal realidad que les tocó vivir: una donde el valor de sus vidas y libertad son relativos, donde el funcionamiento institucional, así sea autodestructivo, es la prioridad. El cambio se trata más de un ideal y una esperanza que de un programa político realizable. Otro de los dramas de esta parte es la sexualidad, que aparece traumática y en contraste del inocente e idealizante amor infantil.

Tercero, el narrador y su mejor amigo deciden emprender, finalmente, la revolución. Viajan a México, con la excusa de una beca universitaria, para aprender de los guerrilleros. Punto aparte: me tiento a pensar que aquí, aparte de una analogía al caso del escritor, quien ganó una beca para un taller de escritura en México (el de Rulfo), haya acaso una influencia del ilustre narrador mexicano. Se sabe que en la infancia de Rulfo los revolucionarios habían devenido en bandoleros y saqueadores que vagaban por la planicie sesgando haciendas, como la de su familia. ¿Se tratará de una parodia sutil, parte de una estrategia de la desilusión? ¿Qué se podía aprender de ellos? Como fuere, de esta época se narra poco, funciona más como un dinamizador de la narración, un antes y después. El enfoque está en los miedos de dejar el hogar y la sospecha de una amenaza que no se termina de entender.

Cuarto: las consecuencias de haber buscado la revolución. La tragedia de Javier Heraud se repite en el mejor amigo del narrador, mientras este logra sobrevivir y es encarcelado, condenado a vivir bajo condiciones infrahumanas. Este espacio de degradación sirve como plano organizador del resto de narraciones: el recuerdo de la infancia dorada, rota; la juventud, fuente de la ilusión del cambio, perdida; el presente, una destrucción perpetua. Esta degeneración del espacio, una cárcel escondida en la selva, y del sistema se muestra en la violencia que se ejerce sobre el cuerpo del narrador: enflaquecido, sucio, golpeado por los guardias, conquistado por las alimañas que pueblan la prisión. El futuro: la esperanza del indulto, la perpetuación del dolor y la sordidez del presente, muerte.

¿Valió la pena buscar la revolución? ¿Era el único camino?

Cuando la amplia mayoría de intelectuales y artistas veían, maravillados, el proceso de la Revolución Cubana, Edmundo de los Ríos sospechaba, anunciaba dudas: «Sin embargo, pensando en esta revolución urgente y perentoria, me pregunto, tal vez por debilidad, ¿si... si estamos equivocados?». Cuando otros veían en la violencia revolucionaria el contrapeso perfecto a la violencia institucional[1] , el narrador arequipeño entendió que la estructura sociopolítica, tan opresiva y tanática, no mudaría buscando más caminos destructivos. No porque el sistema no deba cambiar: se trata de una preocupación ética en una época de mucho, tal vez demasiado, entusiasmo revolucionario. La novela nos plantea preguntas complejas: ¿vale la pena dedicar la vida a la revolución? ¿Qué pasa con las familias que esperaban el regreso de aquellos jóvenes? ¿Qué pasará con los amigos, con esa comunidad dejada atrás? ¿Qué les hubiera deparado el futuro a quienes ya no están? ¿Vale la pena morir, violentamente, por ilusiones?

Sobre todo, ¿la revolución era la única respuesta?

Por otro lado, la utopía revolucionaria ha sido un tema determinante para la literatura latinoamericana durante todo el siglo XX. Es cierto que fue una época especialmente violenta para Occidente, pero en nuestro caso la importancia es evidente. El siglo nos recibe con las postrimerías de la Guerra del Pacífico, luego de una centuria particularmente funesta, y nos hereda el problema de nuestra identidad, tanto a nivel geográfico (todavía no se había recuperado Tacna y los límites de la selva amazónica, zona altamente comercial, seguían siendo difusos) como espiritual: el país todavía busca la promesa de la vida peruana, como la llamaba Jorge Basadre.

No es de extrañar que toda esta orfandad, acaso originada desde la independencia, volviera a sentirse con una fuerza recrudecida de manera temprana. Es la época de Colónida, Amauta, José Carlos Mariátegui, César Vallejo. Estos dos últimos, sobre todo, heredarán la necesidad de refundar la nación y la literatura peruana. No es casualidad, asimismo, que ambos autores sintieran una cercanía a la sensibilidad revolucionaria que se vivía en Europa: el marxismo se vio como un movimiento de vanguardia artística y social, el último bastión de reflexión humanística, la esperanza del progreso. Este sentimiento utópico siguió palpable durante décadas y cogió más fuerza gracias a la Revolución Cubana.

La historia era sumamente conmovedora. Cuba había conseguido su independencia setenta años después del resto de países latinoamericanos para pasar, en el acto, a las manos de Estados Unidos. El siglo recibió a Cuba con un gobierno sumamente marcado por el autoritarismo. El culmen de dicho proceso fue la dictadura de Fulgencio Batista, especialmente violenta. La Revolución Cubana, gestada desde el exilio, las cárceles del dictador y el campo, recordaba sin duda a los primeros conatos independentistas, los de José Martí (ilustre poeta, encarcelado desde joven y exiliado gran parte de su vida), Máximo Gómez (héroe independentista extranjero) y Antonio Maceo (líder mambí, guerrillero independentista de origen campesino).

Para Cuba, la revolución era una deuda histórica que se pagaba con tardanza, pero que sería recibida con la emoción propia de las circunstancias. El castrismo supo entender el fenómeno y transfiguró a su líder, Fidel Castro, en una autoridad intelectual y héroe militar, el Martí de nuestro tiempo; al Che Guevara en el liberador extranjero, como Máximo Gómez; argentino, como José de San Martín; finalmente, a Camilo Cienfuegos, líder carismático y enérgico, de origen humilde, en Antonio Maceo.

El ciclo finalmente se había cerrado y el atavismo era evidente. Más allá de lo que significó para el pueblo cubano, su mayor impacto estuvo en el continente; de hecho, su importancia en el imaginario se sostiene hasta hoy y se actualiza mediante mitos políticos: igualdad y fraternidad entre compatriotas, la abolición de la pobreza y las clases socioeconómicas, la soberanía, el valiente autosacrificio frente al imperio extranjero. El poder del mito en sociedades como la nuestra, a medio camino entre el secularismo político y la ferviente necesidad de creer en algo, no es de subestimarse: da sentido vital, ofrece estructuras ideológicas y organiza programas políticos. Es allí donde surge el fenómeno de las guerrillas latinoamericanas. De todo esto da cuenta Los juegos verdaderos.

Por otro lado, no se equivocaba Carlos Fuentes cuando señaló que la revolución es un proceso histórico inherente a las sociedades latinoamericanas. No por una predisposición racial o de ánimos, sino por el violento proceso «modernizador» del siglo XX. Saltamos de las trasnochadas oligarquías y latifundios decimonónicos a la construcción apresurada de ciudades habitadas por oficinistas, migrantes y proletarios. Lo que en otros países tomó siglos en gestarse aquí sucedió en décadas. La inyección de capital extranjero, en un sistema de por sí violento y desigual, terminó por acelerar nuestra fragmentación. Esta preocupación en la obra de De los Ríos es evidente: el Vallecito de la infancia se ha vuelto un terreno de lucha entre los rezagos del campo y la urbanización moderna; la ciudad, desbordante, amenaza con comerse a la naturaleza.

Sobre todo, en esta revolución, la Revolución Cubana, se cifraron las esperanzas no solo de cerrar el periodo de dependencia extranjera, sino de construir una sociedad que tuviese sus propias normas, su propio gobierno, y, sobre todo, su propio lenguaje. No es casualidad que poco después de este fenómeno se diera la eclosión de la narrativa latinoamericana, el boom.

No obstante, cabe acotar que esa década gloriosa del sesenta más temprano que pronto demostró su oscuro signo. El año de la novela, 1968, también fue el año de inicio del caso Padilla, una de las campañas de censura más escandalosas que ha visto el continente y que manchó, irremediablemente, la industria cultural cubana. Esa anhelada distribución y apoyo institucional se volvió condicional, se subyugó a la literatura a seguir y expresar las reglas del régimen. La libertad del lenguaje, algo que caracterizó a esos sesenta del boom, empezaba a tener un fin. Desde años antes se veía indicios de una decadencia: aparecían voces de crítica hacia el régimen, habían renuncias repentinas a puestos importantes en la industria cultural (tal vez la más conocida sea la de Guillermo Cabrera Infante a su rol diplomático, lo cual dio inicio a su gran exilio). Los intelectuales y escritores de izquierda, los agentes del boom, empezaron a deslindarse del régimen o a guardar un incómodo silencio.

Considero que esto creó una extraña dualidad que se extiende hasta el día de hoy: abiertos halagos ideológicos al sistema cubano y silencios incómodos en la literatura. Un lenguaje, el revolucionario, cuya existencia y distribución están permitidas en el circuito cultural; otro, que debe cifrarse y fagocitar al primero si es que desea ser escuchado. Tal es el caso de Los juegos verdaderos, que bajo un disfraz revolucionario nos hace preguntarnos qué medios son legítimos y llevaderos si queremos generar un cambio auténtico y humanista. Sin falsas esperanzas, sin carne de cañón.

Pareciera que la necesidad del mito es más fuerte que la ética. Que, para expresar aquellas fracturas del ideal, se tiene que recurrir al murmuro y el doble discurso. La respuesta a las preguntas de antes, entonces, parece evidente: los caminos de un solo sentido pueden ser juegos muy peligrosos.

Carlos Garcell Vera

                                                          

[1] Caballero, Huamaní y Pérez-Witch han desarrollado el tema más a profundidad en Caballero, C., Huamaní, C. & Pérez-Wicht, S. (2021). El discurso de la violencia revolucionaria en Los juegos verdaderos de Edmundo De los Ríos. Revista Inclusiones, 8(núm especial), 423-439.

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