ENTREVISTA A TERESA RUIZ ROSAS

 
TERESA RUIZ ROSAS: «CREO QUE LA BELLEZA LITERARIA RESIDE EN SU LENGUAJE, ES ESE LENGUAJE EL QUE PROVOCA PLACER ESTÉTICO Y, EN EL MEJOR DE LOS CASOS, NOS TRANSFORMA»

Teresa Ruiz Rosas* nació en Arequipa y es una de las escritoras peruanas más reconocidas a nivel nacional e internacional. Inició su trayectoria literaria con el libro de cuentos El desván (1989) y ha mantenido un pulso creativo versátil y firme, consiguiendo en el año 2020 el Premio Nacional de Literatura en la categoría de novela. A propósito la publicación de Coreografía para trenzas solas (2025), su última novela, El Hacedor conversó con ella sobre su formación e intereses literarios.


Mi primera pregunta está relacionada con su más reciente publicación en el sello Tusquets, Coreografía para trenzas solas, una ambiciosa inmersión en el pasado histórico del Perú, particularmente en el papel de las rabonas durante el proceso de la Independencia. Después de culminar esta novela monumental, ¿podría comentarnos cuáles fueron las mayores dificultades que tuvo al concluir el proyecto y qué aprendizajes obtuvo de este?

Teresa: Mi novela se centra en las rabonas o panakunas, que acompañaron a los soldados no solo en la época de la Independencia, sino en todo el siglo XIX, hasta llegar a la Guerra del Pacífico o del Salitre, que es el nombre más propio, en la cual la historia registra las últimas rabonas, y continúa con sus descendientes por línea materna casi hasta finales del siglo XX. En total, un periodo de más de dos siglos, pues se remite también a sucesos anteriores al siglo XIX. Con el historiador Juan José Vega conversé algunas veces sobre las rabonas, él me animó a recuperar su memoria entonces casi nula en una novela, y me hubiera gustado muchísimo haberla escrito mientras estuvo vivo y que pudiese leerla. Pero las novelas tienen sus propios tiempos de maduración y esta me ha llevado casi cuatro décadas. Lo que Umberto Eco llama la «construcción del mundo» cuando se refiere al trabajo previo de escribir una novela en su Apostilla a El nombre de la rosa me tomó bastantes años y la fase de la escritura a buen ritmo fueron unos cinco. La dificultad mayor estuvo en lograr que las vidas inventadas de las panakunas y el resto de personajes ficticios encajaran de manera coherente con las figuras y los hechos históricos que deseaba destacar y se mantuvieran en sintonía con la realidad y la geografía de la época. Eso fue lo que más trabajo e investigación me demandó, y al mismo tiempo algo que disfruté mucho a medida que iba saliendo. El proceso me permitió refrescar mis conocimientos de historia y actualizarlos con una serie de valiosas investigaciones realizadas en el marco del Bicentenario.

¿Cree que su última novela inaugura una nueva etapa en su narrativa? ¿Hay otros aspectos de la historia del Perú que le gustaría novelar?

Teresa: Tal vez sí. Es una nueva etapa en el sentido de que nunca antes había sostenido una novela de tan largo aliento valiéndome del castellano andino, que es uno de los aspectos más singulares de la novela, así que considerando que la publiqué en 2025, siento que representó un reto distinto para mí en el plano del lenguaje. Tampoco me había visto recreando dos siglos de historia del Perú. Por otro lado, la historia del Perú, en un sentido amplio, siempre está presente en mi imaginario y en mis obsesiones. Mi novela La mujer cambiada, que Tusquets ha reeditado, está localizada en una época específica, durante el conflicto armado interno. De hecho, estoy ahora novelando otra etapa de la historia del Perú, pero no suelo hablar de los proyectos que aún no he terminado, porque puedo modificarlos en el camino o encontrar otras rutas creativas y posponerlos indefinidamente, es casi una superstición. Prefiero conversar sobre ellos cuando el lector tiene la posibilidad de leerlos.

Su novela se inserta en la tradición de la novela histórica. ¿Hubo alguna obra del género que le sirviera de inspiración o que le gustaría comentar?

Teresa: No la escribí con la pretensión de que fuese una novela histórica al uso, pero veo que es recibida así. Y soy consciente de que al haberles dado voz a las mujeres que acompañaban a los soldados a esas guerras, a las que prefiero llamar «panakunas» —que significa «hermanas»—, he propuesto una historia paralela a la historia oficial, que perpetuó esquemas en los que la mujer del Ande a menudo no existe, y me alegra mucho ir constatando en este breve tiempo, que hay una reacción muy acogedora a esta alternativa que ofrezco. Cuando llevaba dos años inmersa en la escritura de Coreografía para trenzas solas, tuve la suerte de leer la monumental novela de Omar Aramayo Los Túpac Amaru 1572-1827 (2018), que me deslumbró y, aunque está escrita en un lenguaje muy rico y diferente del que yo había elegido, me resultó inspiradora. No me canso de recomendar esa obra. El espía del inca (2018) de Rafael Dumett cayó en mis manos más tarde y también la leí con mucho interés y admiración. La novela histórica que siempre me ha fascinado es Memorias de Adriano (1951) de Marguerite Yourcenar. Me parece extraordinaria por su nivel de humanidad al profundizar en una época en que el hombre estuvo solo, los dioses ya no existían y Cristo aún no había surgido. La leí en el original y en la magnífica traducción de Julio Cortázar, y me dejó una honda impresión. Al escribir mi Coreografía para trenzas solas tuve presente ese espíritu de trascender la época histórica hasta conectar con las inquietudes modernas. Me gustó releer también Redoble por Rancas (1970) de Manuel Scorza porque me invitaron a hablar sobre él en un homenaje en Barcelona.

Sebastián: Hablemos un poco sobre su formación literaria. ¿Recuerda algún momento, libro o persona que haya marcado su vocación por la escritura?

Teresa: Sí. Las primeras personas que influyeron en mí fueron mis padres. Mi madre me leía antes de dormir, por ejemplo, «El gigante egoísta» de Oscar Wilde y a menudo recitaba «Los motivos del lobo» de Rubén Darío, que no me cansaba de escuchar. Mi padre, al ser poeta, desde muy pequeña me introdujo en el mundo de la poesía, me había regalado un voluminoso libro de poemas para niños y elegía siempre alguno de allí para despertarme y me lo leía; «A Margarita Debayle», también de Darío, me encantaba. Él me enseñó a leer a los cuatro años y gracias a él aprendí a amar la escritura, había mucha poesía en su mirada del mundo y de lo cotidiano, eso me marcó. También me inculcó mucho el sentido del humor. Como ambos fundaron la Librería Trilce en Arequipa, donde podía leer a mis anchas lo que se me antojase, con la única censura de mi capacidad de comprensión, ese espacio se volvió mi paraíso. Y allí también aprendí a trabajar a corta edad, a empaquetar libros, sellarlos, clasificarlos, y más tarde recomendar lecturas a los clientes que lo solicitaban.

En el colegio Max Uhle tuve dos profesores que estimularon mi pasión por la literatura, Raúl Gómez, que aceptaba mis cuentos en las tareas de redacción, y un profesor alemán de apellido Windelband, que me abrió el universo de Brecht y de Friedrich Dürrenmatt, a quien además tuve el privilegio de conocer en Suiza en mis años mozos. Ese encuentro lo he recreado en una parte de mi novela La falaz posteridad (2007), así como todo lo que he sabido sobre Brecht. Más adelante tuve otras influencias importantes, cuando Edmundo de los Ríos llegó a Arequipa, yo aún era colegiala, pero establecimos una amistad muy intensa y divertida que décadas más tarde recuperé en algunos capítulos de mi novela Nada que declarar (2013) y que se destacaba por el uso especial del lenguaje, era como estar metida dentro de una novela. Por nuestra casa en Arequipa pasaban muchos poetas y escritores en general, además de artistas. Tendré que escribir mis memorias algún día como me han sugerido algunos editores. Durante mi estancia en Hungría conocí a algunos escritores y vi con asombro cuánto se traducía de la literatura universal a una lengua bastante minoritaria. En Barcelona, el poeta Vladimir Herrera me presentó a autores que hoy son muy reconocidos por la calidad de su obra y cuya amistad fue muy grata para mí. Eran los tiempos en que frecuentábamos a diario el bar Astoria y quienes más influyeron en mi formación y modo de ver la literatura en esa época fueron Cristina Fernández Cubas y Enrique Vila-Matas.

Estudié Literatura, primero un año y medio en la UNSA, dos años en Budapest, luego cuatro en Barcelona y otros cuatro en Friburgo de Brisgovia, donde conocí aún más personas y miradas literarias. En Bellaterra, por ejemplo, tuve como profesores a Francisco Rico, José Manuel Blecua, Alberto Blecua, Sergio Beser, de quienes aprendí mucho. No me aferro a una sola tradición porque me gusta explorar distintas literaturas. Tal vez por eso mis escritos son bastante desiguales: ni conozco todo ni estoy al día con la literatura peruana actual. Además, como me dedico a la traducción literaria eso también condiciona mucho mis lecturas de las últimas décadas.

¿Cuáles son sus referentes literarios? Autores de cabecera o aquellos a los que recurre cuando necesita inspiración para iniciar un nuevo proyecto narrativo.

Teresa: La verdad es que tengo tantos libros por leer aún y dispongo de tan escaso tiempo para ello, que leo siempre que puedo, cuando me desplazo o viajo o estoy en lugares públicos a la espera de algo o en la playa, muy arbitrariamente lo que me interesa o atrapa, y a partir de esas lecturas, voy absorbiendo ideas y formas de expresión, que a su vez generan otras. No recurro a autores para inspirarme, nunca he buscado la inspiración de manera deliberada. Apenas tengo las condiciones para sentarme a leer en un lugar privado, lo que hago es releer mis manuscritos y retomar la escritura. Para mí, la inspiración es una especie de trance en el que se entra con naturalidad en algún momento de la escritura, no algo que se persigue, sino que surge en el propio proceso. Será por eso que no conozco la llamada «página en blanco». Lo que suelo hacer es tachar y eliminar y reescribir, a veces con exageración. La inspiración, en ese sentido, consiste en escribir lo que uno siente, y después viene el festín de darle forma y estructura, de pulir el lenguaje hasta que pueda ser considerado literario, algo que también es relativo y ahí entra un poco a tallar el corpus de lo leído, que a una le ha permitido desarrollar y afinar cierto criterio estético en primer lugar. Tampoco he asistido nunca a un taller de escritura creativa ni he seguido esas maestrías que hoy abundan ni he leído manuales. El único libro sobre técnicas narrativas que leí es Cartas a un joven novelista (1997), de Mario Vargas Llosa, y fue con la intención de hacerle una entrevista en vivo en Colonia, que se puede ver aún en YouTube[1]. Fue una experiencia muy grata de lectura para ver mejor desde su perspectiva algunos entretelones de su cocina literaria y de la que aprendí también mucho.

Durante su proceso de escritura, ¿recuerda a autores que ha leído antes?

Teresa: No conscientemente en todo caso. En 1990, un diseñador inglés que hizo la portada de mi libro El desván para su edición en Zúrich con Galucci, me dio a leer en Londres el ensayo de Gertrude Stein What are masterpieces and why are there so few of them?, [¿Qué son obras maestras y por qué hay tan pocas?] de 1936, que fue para mí revelador, pues me hizo entender la importancia de despojarse de toda identidad o identificación a la hora de crear, de escribir, y quedarse en la mera entidad. Es lo que intento cada vez, como punto de partida, para que fluya lo que tenga que fluir y dejar que las ideas se asocien en completa libertad y para que mis personajes sean soberanos. Entonces los recuerdos de autores leídos son chispazos que surgen espontáneamente en función de tal o cual escena o personaje o descripción o sentimiento que narre. Al revisar sí se me pasan muchos por la cabeza y entonces intento no copiarlos, librarme de su influencia, cosa que por lo visto no siempre consigo, y de eso me entero cuando hablan o escriben sobre mi obra. Y me gusta y no digo nombres para no pecar de arrogancia. También me ha pasado dos veces que me han atribuido influencia de libros que aún no había leído, tiene gracia y por supuesto corrí a leerlos en su momento. La poesía de mi padre, en cambio, siempre se hace presente, de hecho, en Coreografía para trenzas solas he tomado versos suyos para titular los capítulos y han encajado muy bien. Fiódor Dostoyevski, cuyo Crimen y castigo leí a los quince años —regalo del boticario don Óscar Carpio—, también suele venirme a la mente mientras escribo y a menudo autores que acabo de leer como me ocurrió con Bolaño al escribir mi novela Nada que declarar o cuando escribí Estación Delirio con Karl Ove Knausgård o Gesualdo Bufalino, por ejemplo, u otros que había leído un tiempo atrás como Sylvia Plath o Friedrich Glauser. Un caso muy distinto fue el de mi novela La falaz posteridad pues leí y releí toda la obra de Bertold Brecht que era uno de los protagonistas y, por la misma razón, de autores mucho menos conocidos como Slatan Dudow o el caso de Ernst Ottwalt y Waltraut Ottwalt, que pertenecen a una generación perdida de la literatura alemana. Cuando veo que una frase me ha salido demasiado larga, pienso en László Krasznahorknai, el flamante Premio Nobel de Literatura, con quien compartí mesas hace treinta años en Friburgo de Brisgovia, y no quito una sola palabra. En general no tengo un canon ni estoy muy al día en las novedades, sino que me gusta dejarme llevar por los libros que me salen al encuentro por así decir, y en distintos idiomas, cuando puedo, para cambiar de registro. No salgo de casa sin un libro para leer en cualquier momento o trayecto.

¿Qué otros referentes artísticos podría mencionar? Como cantantes, pintores, directores de cine o películas hayan influido en su narrativa.

Teresa: En Friburgo de Brisgovia, mientras escribí mi novela El copista, donde la música es casi una protagonista, escuchaba la 4a. Sinfonía de Brahms y la 5a. de Mahler sin cesar; mis caseros, maestros jubilados alemanes, creían que había enloquecido, pero eran los únicos casetes que tenía entonces y, curiosamente, me permitían evocar muchas otras piezas de música clásica que menciono en la novela. Durante la escritura de mi novela La falaz posteridad (2007) ya tenía discos compactos y repetía mis CDs de Stan Getz, John Coltrane, Charly Parker, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong, y una grabación de mi hijo José Enrique tocando saxofón, sus composiciones e improvisaciones, hecha por un amigo de la radio. Para mi novela La mujer cambiada (2008) escuchaba de tanto en tanto a Joan Manuel Serrat cantando a Miguel Hernández. Al escribir mi novela Nada que declarar (2013), los discos compactos que me había regalado mi querida Susanita Baca me servían a ratos de fondo con su maravillosa voz. Con Estación Delirio escuché infinidad de veces «El lago de los cisnes» de Chaikovski y a menudo el álbum de Mayte Martín Al cantar a Manuel y la versión de Rosalía de Alfonsina y el mar.

Soy una cinéfila bastante empedernida y mi novela La falaz posteridad (2007) es prueba de ello, es también un homenaje al cine. Como escritora lo que más me interesa es el montaje. También me encanta la buena pintura, he recorrido todos los museos de arte y galerías que he podido cada vez que viajaba. En mis novelas Estación delirio (2019) y Nada que declarar (2013) la pintura ocupa un lugar muy importante. Y me dejo embelesar por la arquitectura, que me fascina porque tanto un cuento como una novela necesitan una estructura sólida y una forma que suscite belleza.

En los últimos años se ha podido notar una recuperación de su obra narrativa en el panorama literario peruano, sobre todo a partir de reediciones de sus primeras novelas por editoriales como Penguin Random House. ¿Cómo ha sido su experiencia publicando sus libros?

Teresa: En Anagrama publiqué mi primera novela, El copista (1994), que quedó finalista del Premio Herralde. Se imprimieron cinco mil ejemplares, y veinte años después se reeditó en Bogotá, en el sello Camm. En 2018 salió la tercera edición en Surnumérica, aquí en Arequipa, y el año pasado, 2024, en Lima en el sello Debolsillo del grupo Penguin Random House, todo lo cual me alegra mucho. Mi segunda novela, La falaz posteridad, también se reeditó en Debolsillo. Mi experiencia parte de una convicción personal: cuando un autor termina un libro, debe publicarlo, especialmente si planea seguir escribiendo. De lo contrario, puede obsesionarse con la idea de que el manuscrito aún no está listo, cuando en realidad sí lo está. Esa sensación es muy frustrante. Por eso creo que uno debe salir, sin importar demasiado la editorial: de esa manera el autor se libera del manuscrito y puede continuar con su obra futura. En ese sentido, a veces he tenido que cambiar de editorial. Para mí era vital hacerlo, cada escritor se relaciona de manera distinta con las editoriales. Hay quienes quieren mantener una línea editorial constante, que seguramente a la larga favorece, y es la perspectiva de una empresa, que tiene sus prioridades comerciales y estratégicas, pero yo priorizo aquello que podría afectarme más en el plano emocional: dejar de escribir lo que deseo por tener un manuscrito estancado. Ese es mi principal argumento para publicar donde pueda. Por lo demás, en general, me he llevado muy bien con todos mis editores. Hasta ahora, no he tenido ningún conflicto que haya roto una amistad con ellos. Por el contrario, han sido muy comprensivos conmigo y eso es algo que agradezco.

Gran parte de su carrera profesional ha estado dirigida hacia la traducción. ¿Cuándo empezó con esta profesión? ¿Recuerda el primer libro que tradujo y los retos que implicó?

Teresa: Nunca me ha gustado la palabra carrera, será porque no corro sino camino. El primer libro que traduje al alemán fue una selección de poesía de Leopoldo Chariarse, un trabajo en equipo con él y con su esposa, que era alemana. Fue una experiencia muy bonita. Antes de eso, ya había realizado algunas traducciones junto a mi padre, de poesía alemana al español, ejercicios más bien personales, para nosotros.

Estudié traducción como profesión y trabajé bastante en ese campo, hasta que en un momento decidí dedicarme exclusivamente a la traducción literaria. Eso hay que pensarlo bien, porque la remuneración es muy baja. Hay una enorme diferencia entre lo que se paga por la traducción técnica y la literaria, pero esta última me da mucho más placer, salvo en la etapa en la que trabajé para la televisión alemana, donde sí me pagaron muy bien por adaptar al español documentales, noticieros, series y reportajes, todo muy interesante, además. Luego traduje del alemán a Sebald, Los emigrados, que salió en 1995 y se sigue reeditando. Ese fue un reto enorme porque era una escritura muy compleja y densa. Me costó mucho esfuerzo, era la primera novela que traducía. Fue un proceso revelador, pero exigente. Después traduje del inglés Pasos de baile de Nicholas Shakespeare, que se publicó en 1999, e incluso tuvo una adaptación cinematográfica dirigida por John Malkovich. En la traducción uno debe captar la voz y el lenguaje de un escritor y llevarlos al castellano. Eso me parece precioso y muy gratificante. Por eso es ideal poder conocer al autor y conversar con él para beber de su mundo lingüístico como me ocurrió con Sebald, con Thomas Bosshard, con Juliane Koepcke o con el húngaro András Forgách, de quien traduje también para Anagrama El expediente de mi madre. He traducido también del alemán y del húngaro y hasta del luxemburgués, a grandes escritores ya fallecidos: Fred Wander, Franz Werfel, Stefan Zweig, Soma Morgenstern, Milán Füst. En general, lo importante es que el ego del escritor al traducir se retrae al ponerse al servicio de otro autor, una práctica de humildad que hace mucho bien. Es un proceso que requiere mucha delicadeza con el lenguaje y un profundo respeto por la obra original.

¿Considera que la traducción literaria es parte de su proceso creativo?

Teresa: Sin duda. Ha ampliado mi vocabulario y recursos expresivos, los libros traducidos se impregnan más en la memoria que los meramente leídos porque se debe interpretar prolijamente todo el texto, que además se relee continuamente. Supongo que también ha influido en que me gusta pulir mis propias novelas con rigor, desarrollar una sensibilidad hacia el lenguaje. Las traducciones a menudo me las han leído mis hijos José Enrique y Livia en voz alta para cotejar con el original y eso me ha ayudado mucho a escuchar la música del lenguaje. Suelo hacerlo con mis novelas. Y con Coreografía para trenzas solas tuve la suerte de que el poeta Bruno Pólack se interesase por escucharla hasta el final y me hiciese valiosas sugerencias. También he traducido del alemán a poetas excelentes para la antología Transversal, y esa compresión del lenguaje que solo consigue la buena poesía sale a flote al escribir mis propias ficciones.

¿Suele leer las obras que le llegan en su idioma original? ¿Qué diferencias encuentra entre leerlas en su versión original y leerlas traducidas?

Teresa: Si conozco el idioma, prefiero leerlas en su lengua original. Lo mismo me ocurre con las películas, siempre las veo en su idioma original, con subtítulos si no entiendo una lengua. La diferencia principal al leer una traducción, es que al implicar una interpretación —como acabo de mencionar—condicionará la textura de la traducción. Las hay extraordinarias y también existen otras con las que quizá no se coincide con las decisiones interpretativas del traductor. Por eso muchas veces los clásicos se vuelven a traducir pasadas unas décadas. Eso ocurrió, por ejemplo, con las traducciones al alemán de Tolstoi, Pushkin, Gogol, Dostoievski, que volvió a elaborar desde los años 90 hasta su muerte en 2010 la ucraniana Swetlana Geier. Tuve el privilegio de visitarla en su casa de Friburgo de Brisgovia, nos hizo gracia haber nacido el mismo día con 33 años de diferencia. Sus versiones son congeniales, porque alcanzó el mismo nivel que la escritura de los autores, algo muy difícil de lograr y que, cuando sucede, se aprecia enormemente. Es enriquecedor comparar versiones para perfeccionar una lengua. Lo recomendable es leer primero la traducción y luego el original para que el contraste no resulte tan complicado. También la traducción que hizo Julio Cortázar de Memorias de Adriano, que mencioné antes, de Marguerite Yourcenar, me pareció congenial.

¿Que nos podría comentar sobre el apoyo institucional hacia las artes? ¿Cuáles serían las diferencias entre el medio europeo y latinoamericano que usted haya podido notar?

Teresa: Cuando vivía en Hungría todavía no era escritora, pero recuerdo que, cuando publiqué El copista, un escritor que me conocía desde hacía muchos años me envió una postal muy significativa para mí. Decía: «La pequeña Teresa se convirtió en escritora». Ese detalle me emocionó profundamente, me sentí parte de un gremio. Y eso me marcó de algún modo, me hizo pensar en el derecho que tiene un autor a poder vivir de lo que escribe. Más adelante obtuve una beca de escritora por seis meses, algo que me hizo muchísima ilusión. La condición, sin embargo, era que debía escribir en alemán. De esa experiencia nació La falaz posteridad, escrita originalmente en ese idioma. Fue una experiencia muy halagüeña, y la novela, que tardé mucho más en terminar, resultó incluso nominada a un premio en Alemania. Pero no he vuelto a intentarlo en esa envergadura porque estoy influida por mi raíz latina y tiendo a escribir con ciertas palabras alemanas de origen latino, que en la práctica se usan menos y funcionan casi como duplicados del alemán puro. En Alemania, en Austria y en Suiza, conscientes de que los derechos de autor son el 10 % de las ventas y muchos escritores que publicamos en editoriales serias no somos comerciales, existen sindicatos de autores que establecen tarifas mínimas para las presentaciones de libros, entrevistas, foros, paneles, etc., que se respetan, de modo que tengamos algunos ingresos, y está además la Caja Social de Artistas, que cubre las cuotas de seguro médico y de invalidez y jubilación como un empleador, todo eso, aunque con cifras modestas según los casos, dignifica la ocupación de escritor y de artista en general, y está arraigado en la cultura. 

¿Cuál es el rol que usted considera que tienen las artes en esta sociedad?

Teresa: Depende del rol que quiera otorgarle cada cual a una obra, según el tipo de arte que consuma. Si un buen libro se lee masivamente e influye en la gente, cumple un rol importante al brindar una satisfacción profunda al lector. Creo que la belleza literaria reside en su lenguaje, es ese lenguaje el que nos conmueve y provoca un placer estético y, en el mejor de los casos, nos transforma. La literatura es esencial en la vida humana: necesitamos historias y, a través de ellas, descubrimos una infinidad de cosas. Pero hay fenómenos de superventas como aquella saga de sadomasoquismo pésimamente escrita según comentan, y que apela a otros mecanismos, dudo mucho de que su rol sea positivo. Se supone que leer nos vuelve mejores personas, pero ojalá fuera siempre así. En otras artes ocurre algo similar, haciendo que nos deleitemos y sintamos felices. Uno asiste a un concierto para sentir el placer de escuchar a un cantante que admira. La literatura, cuando está lograda, pienso que tiene más matices. Interviene el tema elegido, la forma en que se aborda y aquello que, de algún modo, se quiere dejar en el alma del lector. También hay muchas personas que nunca han leído un libro y, al menos en apariencia, viven perfectamente bien, por eso no quiero afirmar que la lectura sea lo único importante. Aun así, cabría preguntarse si serían o no mejores personas si leyesen. Creo que la lectura ensancha el horizonte de un ser humano, pero también estoy convencida de que la experiencia vital no puede ser sustituida por ninguna lectura, en especial en el caso del escritor. Eso sí, estoy convencida de que la lectura ayuda asimismo a relativizar la propia vida, a salvarse tanto de la megalomanía como del hundimiento. Podría decir que existe una vocación lectora, infinidad de personas poseen los recursos para leer y no lo hacen, no les gusta, o nunca los estimularon de niños o sienten cierto desinterés o incluso desprecio por la literatura. A veces, cuando subo al transporte público, me sorprende ver a tantas personas que podrían estar leyendo un libro y no lo hacen. Sería interesante investigar los factores que condicionan a alguien a leer, yo siempre llevo un libro en el bolso para leer donde sea. Tal vez sea una exageración. En la ciudad rumana de Cluj-Napoca, por iniciativa del poeta Víctor Miron, todos los pasajeros que lean un libro en el trayecto, viajan gratis por la ciudad, me parece genial.

¿Qué opina del panorama literario actual en el Perú? ¿Hay algún autor que la entusiasme?

Teresa: No he leído demasiado de literatura peruana, así que me resulta un poco injusto mencionar solo a algunos autores. El año pasado leí Atusparia (2024), de Gabriela Wiener, me gustaron mucho sus primeros capítulos; de ella también leí Huaco retrato (2021), un libro potente. Hace varios años leí La sangre de la aurora (2013), de Claudia Salazar Jiménez, también dos novelas de Gustavo Rodríguez, de Santiago Roncagliolo, leer a más colegas peruanos es algo que tengo pendiente, he leído textos breves en antologías. En los últimos tiempos me he acercado a libros peruanos de historia y testimonios, de Natalia Sobrevilla, de Carmen McEvoy, Nelson Manrique, Bruno Pólack, Teresina Muñoz Nájar entre otros. Y lo que más leo es poesía, de Oswaldo Chanove, de Paul Forsyth, de mi hermano Alonso, de Roxana Crisólogo, de Julia Wong, por citar algunos, y a veces recopilaciones. Y releo mucho a mi padre, que cada vez me parece más actual. También podría mencionar a Irma del Águila.

¿Cómo ha sido su proceso de adaptación en el territorio europeo? ¿La migración es un componente indispensable en su literatura y formación personal?

Teresa: Creo que el idioma es un factor determinante. El húngaro fue la primera lengua que aprendí viviendo en el país, y el hecho de haberlo adquirido con rapidez me permitió comprender mejor mi entorno y ser comprendida. Es diferente conocer un idioma en teoría que aplicarlo en la vida cotidiana, la base que tenía del colegio Max Uhle y de mis estudios más adelante me facilitaron mucho la vida en Alemania. No significa que estuviera de acuerdo con todos los aspectos de su cultura, pero tampoco llegué a sentirme nunca desadaptada. Aprender una lengua implica acercarse a una nueva forma de pensar; y, al entenderla, uno puede decidir hasta qué punto desea integrarse. Si alguien se quiere quedar en un lugar extranjero, no es ideal que se circunscriba a un gueto de compatriotas. Conocer la lengua de un país adonde uno viaja libremente para establecerse es una forma de respeto que se aprecia y que abre muchas puertas.

¿Qué consejos le puede dar a todos los jóvenes que quieren seguir el oficio de la literatura?

Teresa: El primer consejo sería que, si tienen la vocación, la tomen en serio y la sigan solo si realmente están dispuestos a apostar por ella; de lo contrario, no vale la pena. Muchas personas creen que escribir es algo sencillo y hoy en día se guían por la alegría que implican las presentaciones de libros y por la proliferación de maestrías y master clases y talleres, que les hacen sentir la ilusión que una vez hechos ya son escritores. Pero a menudo ignoran que cuando se desea crear algo valioso detrás hay una enorme dedicación, y que para ello hay que asumir renuncias importantes que no siempre se ven desde fuera. Es fundamental entender que, si alguien se decide por la creación literaria como apuesta de vida, le faltará parte del tiempo que quisiera tenerlo la familia, la pareja, las amistades, porque la literatura absorbe muchísimas más horas de las que se imaginan. Es el precio de este oficio. Ser escritor de fin de semana o de madrugada a algunos colegas les funciona, pero para mí es elegir un camino, el principal.

El segundo consejo, igualmente importante, es que si alguien tiene un manuscrito terminado y ningún editor muestra interés en publicarlo, lo publique por su cuenta. Si uno está convencido de que su obra merece ver la luz, hoy la autopublicación permite hacerlo con mucha más facilidad que antes. Lo recomiendo para evitar la frustración, porque no hay nada más amargo que dejar un manuscrito olvidado en un cajón o en la computadora; eso termina dañando el alma y no se lo deseo a nadie. A veces simplemente ocurre que la época no está preparada para recibir un libro. Recuerdo el caso del escritor austríaco Ernst Kaiser, cuya novela Historia de un homicidio traduje hace un año y medio, una gran novela. Pese a que Hermann Broch recomendó su publicación en 1947, no salió hasta este siglo, póstumamente. Broch dejó constancia de la necesidad de crear fondos de manuscritos que pudieran ser leídos algún día. Después de ese episodio, Kaiser dejó de escribir ficciones y se dedicó únicamente a la traducción. No sabemos lo que habría creado.

Y por último, ¿qué se encuentra leyendo actualmente?

Teresa: Los cuentos de Elena de Yta, me gusta la fuerza que tienen. En el vuelo desde Lima estuve leyendo Las biografías apócrifas de Lima de César Hildebrandt y me reí bastante. Aunque no reconocí a todos los personajes en clave.

 

*Teresa Ruiz Rosas (Arequipa, 1956). Novelista, cuentista y traductora literaria, ha residido en Colonia, estuvo becada en Budapest, donde siguió estudios de Filología Húngara y Germanística en la Universidad Eötvös Loránd hasta 1978. En la Universidad Nacional de San Agustín fue donde comenzó a estudiar Lengua y Literatura en 1973, que más tarde siguió en la Universidad Autónoma de Barcelona y en la Albert-Ludwig de Friburgo de Brisgovia. Se graduó en Traducción en Bellaterra en 1985. De colegiala, asistió a cursos de francés y literatura francesa en la Alliance Française, y de ruso en la Asociación Cultural Peruano-Soviética. Ha sido docente unos años en las Universidades de Friburgo y Albertus Magnus de Colonia. Ha ejercido el periodismo en la Deutsche Welle y en algunas revistas y, esporádicamente, ha sido correctora y lectora de manuscritos para editoriales. En su primera época en Europa, se ha ganado la vida en diversos oficios y empleos ocasionales, desde artesana de bisutería, auxiliar de kindergarten, canguro, recolectora de fruta, hasta lavar autobuses en la terminal de transporte público de Budapest pasando por la gastronomía y la contabilidad. En la UNSA fue dos años Asesora del Rector en Cooperación Técnica y en Arequipa dirigió un tiempo el Instituto Cultural Peruano-Alemán. Su primera novela, El copista (Anagrama, 1994) fue finalista del Premio Herralde y del Tigre Juan en España y su relato «Detrás de la calle de Toledo» obtuvo el Premio de Cuento Juan Rulfo de RFI en 1999 en París. Más tarde, publicó en Lima La falaz posteridad y La mujer cambiada (2008) y en 2013 Nada que declarar, Mención Honrosa de la Bienal de Novela Copé (2012). En Madrid salió en 2015 (Turpial) Nada que declarar. El libro de Diana. Por su novela Estación Delirio (2019, Random House) recibió el Premio Nacional de Literatura 2020. En Ceuta publicó Calle de Tetuán. La Biblioteca Abraham Valdelomar reunió en el volumen El color de los hechos su obra cuentística. Ha publicado relatos en diversas antologías y revistas como Sibila y Abril. Su más reciente novela es Coreografía para trenzas solas (Tusquets, 2025). Parte de su obra ha sido traducida al alemán, neerlandés, inglés y francés. Ha sido becaria del Colegio Europeo de Traducción Literaria de Straelen en varias ocasiones. Reside entre Colonia y Barcelona.

                                

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