CARLOS HERRERA: BLANCO Y NEGRO
CARLOS HERRERA: BLANCO Y NEGRO
EDITORIAL: PEISA
Se cumplen
31 años de Blanco y negro, la obra más reconocida del escritor arequipeño Carlos Herrera. Novela de culto, tempranamente reconocida por
la crítica (especialmente, Selenco Vega Jácome, Miguel
Gutiérrez y Tito Cáceres), que vio en la obra una nota distintiva entre
el caótico ruido narrativo de los noventa. Rescatada por su lenguaje depurado,
tesón reflexivo y la particular manera que tiene de narrar
una época tan convulsa contraponiendo puntos de vista, ideas filosóficas,
artísticas, políticas, etc. Una obra que por su complejidad era inevitable que
destacase (y que siga destacando).
A nivel nacional,
se puede identificar en esta década una eclosión de narradores nunca
antes vista. Es la época de notables novelas como La violencia del tiempo (1991) de Miguel Gutiérrez, Crónica de músicos y de diablos (1991)
de Gregorio Martínez, País de Jauja (1993)
de Edgardo Rivera Martínez o Salón de
belleza (1994) de Mario Bellatin. En los noventa, más que una generación,
se vio una confluencia de generaciones: escritores consagrados seguían
desarrollando su narrativa; algunos, no tan reconocidos, vieron un repunte en
su carrera, una oportunidad de alcanzar nuevos lectores y reinventar su obra;
surgieron nuevos narradores en la escena, hambrientos de nuevas historias, y
alteraron por completo el tablero. Asimismo, las regiones dejaron el silencio:
consolidaron (porque ya existían) sus focos de creación auténtica, espacios
académicos y, sobre todo, circuitos editoriales, los cuales empezaron a apostar
por la bibliodiversidad en un contexto donde lo más leído (y vendido) venía de
Lima.
Dicha diversidad se canalizó en el auge de editoriales independientes, un nuevo público lector, así como nuevas oportunidades de comercio y culturización descentralizada. La ebullición fue tanta que algunos temieron que dicha proliferación significase un cambio demasiado radical para la literatura peruana: la venta de ejemplares se disparaba en Lima, la cantidad de obras publicadas (y su calidad desigual) suponían un reto de reflexión para los académicos, apocalípticos e integrados. Miguel Ángel Huamán, crítico sanmarquino, llegó a preguntarse si tal vez la literatura que se estaba gestando no terminaría siendo el caballo de Troya para el mercado editorial más salvaje, irreflexivo y decadente que hubiésemos visto. Según su visión, ya no se trataba de una literatura crítica con el sistema, sino una incluso legitimadora. Una literatura que simulaba una actitud existencialista, ácida, respecto a la decadencia social de la sociedad, pero que en el fondo no le interesaba generar un cambio real. Este fue el caso de cierto tipo de narrativa limeña, protagonizada por sujetos marginales, abandonados por el sistema, de sexualidad alternativa. Sujetos al borde de la sociedad que, a veces, ni siquiera les interesaba rendir cuentas ante ella: solo observarla con desprecio.
Cierto o no, Blanco y negro es
la excepción en este panorama (y en cualquier otro). Fresca, innovadora en su
forma y contenido, comparte con otras la superación (que no olvido) del
realismo que había imperado en nuestra tradición narrativa. También, como
otros, encontró en la narrativa
realista y el boom latinoamericano un
punto de partida sólido y enriquecedor para su propia obra. No hablamos tanto
de una influencia, que la hay, sino de un motivo, un punto de reflexión necesario tras
décadas de dominio vargasllosiano: ¿qué pasa cuando no existe una realidad
estable, con sus lógicas
internas, capaz de ser emulada
e inspeccionada en la ficción?
Blanco y negro de cierta forma da una respuesta a esta cuestión a través de un método: la razón contradictoria. Usada como forma y contenido, como hacen las buenas novelas, la razón contradictoria nos expone la dificultad que supone representar y pensar una sociedad tan escindida como la peruana. La novela se mueve entre diferentes aristas de la realidad, divididas en tres partes: la primera, Historia, Anatomía y Geografía; la segunda, Economía, Sociología y Ciencia política; la tercera, Literatura, Filosofía y Ética. Se nos dibuja una sociedad polarizada, marcada desde el enfrentamiento del conquistador y el conquistado, ecos de la batalla que todavía están presentes y duelen; el protagonista no ve salida, solo observa el conflicto. Un país quebrado económicamente, acaso parte de los países del hemisferio sur sumisos a los proyectos económicos y geopolíticos del norte. La política, pervertida; una serie de propuestas fragmentarias, algunas de buena intención, que terminan dinamitando problemas y sin conciliar a nada ni a nadie. Las humanidades como último bastión para el pensamiento, para recoger los fragmentos de un país atrapado en el ciclo de la violencia.
Los primeros ejes le son útiles al protagonista, Ulises García, para consolidar su identidad y postura en el mundo: entender cómo funciona, intentar cambiar su realidad. No es casualidad, de esta manera, que esta parte de la narrativa se clausure con la política (irónicamente llamada “ciencia”) y esta sirva de puente hacia el final de Ulises. De esta manera, la política aparece como el epitafio de años violentos, en uno de los siglos más violentos. Es la piedra con la que tropezamos, ya sea durante décadas de dictadura militar o quinquenales y funestas elecciones. La política se convierte en un concepto que, mientras más cerca estamos de entenderlo, con mayor violencia se nos adelanta. Es el caso de Ulises García, secuestrado y amenazado de muerte por un interlocutor conocido y desconocido a su vez. ¿Militar o terrorista? ¿Héctor o Ántero? ¿Amigo o enemigo? Poco importa la identidad cuando esta muda tan rápidamente, bajo la faz de una política extremista y tanática. Esto no es gratuito. La novela se mueve entre gobiernos convulsos hasta el hartazgo: Ulises crece en dictaduras militares y recibe su juventud en medio de una masacre, que no guerra, interna. Los amigos que hace en el camino, el amor, todo se subyuga al tablero político del país. Nos muestra cómo es crecer en una sociedad castrense. La postura de la reflexión, de la racionalidad, queda lejana porque requiere un sujeto consolidado, entero. Los tiempos de las grandes ideas han quedado para los hombres de ayer, mientras el de hoy es un espectador que nunca termina de entender el mundo que lo rodea y que, si lo intenta, solo encuentra a la violencia como respuesta. La novela, de esta manera, queda reducida al testimonio del dolor y a la rendición; ya no será la novela total de Vargas Llosa, esa radiografía crítica que, al menos, creía en la obra como una fuente de pensamiento libre, un agente activo y necesario para combatir las injusticias sociales; tampoco podrá formar parte de una saga novelesca incisiva y extensa por igual, ni ser un espejo de los mayores vicios y zonas oscuras del ser humano, como era la novela decimonónica. Por este motivo, también, el protagonista no se verá bien librado del secuestro, quedándole únicamente la reflexión humanística, el último refugio y acaso testimonio para generaciones futuras.
Nos encontramos ante un tipo de
novela diferente, un testimonio del horror que se vivió en las últimas décadas
del siglo XX en Perú. Un tipo de horror que, siguiendo a Freud, no deja más salida que la no-comunicación, el
no-entendimiento. Aún así, no consideramos que se pueda calificar Blanco y negro bajo el mismo paraguas
nihilista que se ha utilizado para analizar la novela de esta década. Ulises no deja de tentar el cambio,
aunque este solo le lleve a callejones sin salidas y al final
inevitable. El conflicto es diferente: mientras el sujeto capitalino se muestra
enajenado y recurre al hedonismo, la sexualidad o la autodestrucción como
catarsis, Ulises se niega a adoptar este estilo de vida (aunque sí lo orbita).
Ulises, desde joven, es consciente de que su percepción de la realidad es diferente. Su manera de interactuar con el entorno, los caminos cognitivos de su razonamiento, le llevan a detectar polos opuestos en una sociedad, irónicamente, polarizada. Cuando lo normal es parcializarse, Ulises es incapaz de hacerlo; por este motivo, queda en una posición marginal frente a los otros. Los personajes retratados en la novela, así como en otras obras de la época, parecen empecinados en creer que no hay otras maneras de vivir salvo la que ellos han escogido en respuesta a la violencia imperante. Entre estas reacciones está la militarización, la bohemia intelectual, la sexualidad; todas ellas, calles de un solo sentido. El drama de Ulises (y su característica heroica) es que nunca ha podido, ni podrá, ver las cosas de una sola manera. Esa es la esencia de la razón contradictoria y lo que la hace tan peligrosa, pero necesaria.
En tiempos donde la
política y la propaganda se alían para reproducir modelos y programas,
ya sean oficialistas o revolucionarios, nacionales o internacionales, Ulises
García defiende al individuo disidente, la libertad de
negarse y pensar. Es un Perú no muy lejano al de hoy en día, donde el individuo
se ve sometido al partidismo enajenante y contraidentitario, a la polarización
y simplicidad intelectual, a las medidas
extremistas y unilaterales, a la esperanza de que, con suerte,
sobrevivamos un día más y que no nos cueste demasiados muertos ni pérdidas
materiales.
Para concluir, con
motivo de la edición conmemorativa de Blanco
y negro en el año 2020, celebramos también el rescate reciente de la obra
de Miguel Gutiérrez y Edgardo Rivera Martínez
por Alfaguara. Asimismo, invitamos a seguir
leyendo, ya sea de manera
recreativa o investigativa,
la obra de los narradores de los noventa; evitar ese olvido que a veces parece
inevitable en un país tan grande y desigual.
También, en estas
fechas, a puertas del aniversario de fallecimiento de Mario Vargas Llosa
y con el reciente deceso de Alfredo Bryce Echenique, creemos que la
literatura peruana está entrando en un periodo bisagra. Los últimos grandes
escritores peruanos, alcanzados por la vejez, empiezan a dejarnos cual padres
ancianos. La sensación de orfandad nos invade mientras nuestras últimas
eminencias vuelven al polvo. Estas
naturales y a la par lamentables
pérdidas nos deben llevar a revisar las obras notables de nuestra tradición,
sí, así como también a crear nuevas. De esta
manera, los críticos
literarios tenemos el deber de rescatar de las manos del olvido las grandes
obras, pero no totemizar a los escritores. Que el luto nos sirva para celebrar
la inmortalidad de la obra y llorar la mortalidad del escritor. Mantener el
largo aliento de la literatura es el deber de todos: la lectura es la mayor
impugnación que existe ante el tiempo, que a todos nos lleva.
Carlos Daniel Garcell Vera
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