YURI VÁSQUEZ: LOS ÚLTIMOS DIOSES DEL OPIO
YURI VÁSQUEZ: LOS
ÚLTIMOS DIOSES DEL OPIO
REGIÓN: AREQUIPA
AÑO DE PUBLICACIÓN:
2019
VALORACIÓN: (3.5/5)
EDITORIAL: SURNUMÉRICA
Yuri
Vásquez presentó en el 2019 una novela inquietante, atrevida por seguir
estructuras que desestabilizan las expectativas de un lector promedio y ambigua
por la incesante tensión que construye y destruye una misma historia narrada de
distintos modos en más de una ocasión. La aparición de Los últimos dioses del opio profesa la supervivencia de la
narrativa experimental que legaron las estancias vanguardistas. Úsese el
apelativo de antinovela o de contranovela, lo cierto es que la obra de Vásquez
transita por los pasillos de lo inesperado con la total certeza de sorprender
al lector e invitarlo a una morada laberíntica, de la cual no podrá salir sin
dudar, aunque sea por un instante, de las puertas que abre en cada capítulo.
Los
formatos cimentan la confusión del relato. Desde el principio, no solo vemos
avanzar la trama, sino también las texturas. Por un momento, creemos estar en
la intimidad de un diario, por otro, en la segmentación exagerada de una novela
breve y, luego, frente a un drama teatral que propende a su puesta en escena.
Dicho trance ternario es la inflexión más grandilocuente de la novela; dicho «Episodio primero»
es un inicio desorbitante, al menos en contraste con los otros tres que le
siguen. Las descripciones sintéticas en cada fragmento del diario, la ubicación
de los personajes que monologan en la escritura teatral y la reducción a
micro-episodios que se presentan por título engalanan esta obra de largo aliento.
Es difícil tildar estas maniobras como actos
lúdicos sin resaltar el riesgo que asimila todo juego: victoria y derrota
colisionan en medio del azar para dejar un resultado. La incertidumbre le
brinda vitalidad al acto de jugar y eso mismo ocurre con la escritura
novelística, pues propone una lectura desafiante y toma el riesgo de desmoronarse
en su desarrollo. Si aceptamos su reto, la confusión deja de ser perturbadora;
se convierte en un juego que requiere la especulación perpetua. A diferencia de
El nido de la tempestad (2012), la
segunda novela de Vásquez se deshace de cierto estilo vargasllosiano y sale del
realismo sólido y visible. En Los últimos
dioses del opio las esencias son accidentes imprecisos; los personajes, los
lugares, el tiempo, las tramas fugan en la oscuridad de la tinta que desborda
la metaficción. No vemos una historia compleja que ha narrado un escritor,
vemos la historia compleja de cómo narra un escritor.
De
este modo, también es claro que el orden de las secciones no son una
casualidad, sino una causalidad estratégica. Los cuatro temas de cada episodio
son el alma, el amor, el poder y la muerte; juntos crean la secuencia
descriptiva de un arquetipo autodestructivo. Vemos así, el paralelo entre dos
protagonistas, por un lado, Leo Rubina, y, por otro, Érick Barúa. Este último
viene a ser el hacedor de las desventuras que sufre el primero, por lo que el
hilo base de la historia se entrelaza con el hilo preponderante de acuerdo a
una relación entre creador y criatura. La semejanza entre ambos se percibe en
la degradación que produce el ejercicio de la libertad. En el caso de Barúa,
aquella es una expresión de rebeldía, mientras que en el de Rubina, es un
hedonismo desenfrenado.
Rubina
encarna el caos de la insatisfacción, la inconformidad con una vida llena de
levedad y monotonía. Tras encontrar una forma de desdoblar su identidad, se
adentra en las tinieblas del engaño y usa las máscaras de la manipulación. Sus
motivaciones huyen del compromiso, o al menos, lo fuerzan a su antojo; el
placer por el placer lo empuja a la satisfacción de un hambre voraz por
compañía tanto sentimental como sexual. Esto supone un desplazamiento hacia los
conflictos morales, la liquidez del amor, la desmesura del poder y la extinción
tanática. El protagonista en esta metanarrativa sucumbe a los enredos de un
mundo que pareciera absolutamente posmoderno, pero que, en realidad, suscita la
posmodernidad incompleta de Arequipa.
Por
su parte, Barúa experimenta la vigilancia y el encierro de un alto mando
represivo. La libertad la asume en sus escritos novelísticos pese a la crítica
que debe soportar por parte de la Férula. El reiterado rechazo de sus
manuscritos solo lo incita cada vez más a demostrar su oposición al orden del
discurso hegemónico. Sin embargo, su actitud liberal tampoco se muestra del
todo positiva; la relación poligámica que mantiene con dos mujeres bajo el
mismo techo se vuelve insostenible al punto de teñir la pasión de odio. Es así
como el escritor se ve aprisionado por las condenas del exterior, pero además
por los desdenes del interior. Todo ello en un contexto desconocido que bien
podría ser un universo de ciencia ficción, de fantasía o una estancia onírica
que, irónicamente, debería ser el mundo real.
Desde
este ángulo, sobresale una reflexión sobre el proceso de escritura, una poética
sobre el acto de novelar y el acto de poetizar que se presenta en el «Episodio segundo» a través de los dos
personajes. Barúa la desenvuelve con una noción crítica de la sociedad en esa
especie de distopía, donde lo tratan de domesticar según los ideales de las
grandes esferas de poder; mientras que Rubina la practica según lo predica el
vitalismo poético, encaminado hacia el arte sublime, pero nutrido de las
experiencias más lascivas a las que puede recurrir. Así se da una exposición
explícita de las orientaciones y cualidades inherentes de la literatura, puesto
que notamos que se escribe en disonancia de algo y, a su vez, en consonancia
con algo de la realidad. Los pros y los contras no están ausentes en el arte.
Hacia
la segunda mitad de la obra, en el «Episodio
tercero» y el «Episodio cuarto», los formatos mudan a nivel de género narrativo
y comunicativo. Si las dos primeras partes respetaban un realismo dramático
lleno de suspenso, la tercera parte simpatiza con el thriller y el espionaje para, luego, pasar a una cuarta parte más
ceñida a la crónica y el periodismo. A tal cambio comunicativo, hay que agregar la emulación
ensayística de la crítica enunciada por la Férula cada vez que Barúa recibe un
rechazo por sus manuscritos. Estas nuevas apariencias presumen otra notable
ironía, pues los géneros didácticos o de no-ficción terminan absorbidos por la
intención lúdica del mundo ficcional. Informan lo contrario de lo que deberían
informar. Así sucede que la verdad clama por ser interpretada, completada según
la participación extrínseca del interlocutor, pues recalquemos que la misma
historia es dicha y desdicha una y otra vez en las distintas secciones de la
novela. Lo más obvio es que se trate de una influencia joyceana por el cambio
de texturas y cortazariana por la rescritura dúctil de las tramas, pero se
asientan con un tono más lúgubre y un léxico bastante asequible. En suma, los
episodios oscilan entre los enredos del melodrama rosa y las interrogantes de
la novela negra, por lo que la incertidumbre tiene más de un catalizador hasta
llegar a su último desplazamiento.
Para
entonces, la sensación de lo ilusorio no es más que una norma en el texto. El
creador de la criatura suscribe el título de la obra al formar parte de una
situación difusa, la cual nos sugestiona y deja perplejos, como si los efectos
del opio se hubiesen apoderado de nuestros sentidos y no recordásemos lo que
sucedió. Aquí es pertinente resumir la sensación con uno de los epígrafes de los
tantos que hay en el libro: «Creéis haber llegado
al fin del destino, que no sois prisioneros de nadie y que ya no hay nada que
hacer y sin embargo bajo vuestros pies y a vuestras espaldas se extiende el
camino duplicado de los mil espejos». Vale agregar que
esta cita tiene una fuente anónima, detalle que refuerza la alucinación y la
desorientación que produce esta sustancia novelística.
Antes
de terminar, conviene hacer precisiones sobre ciertas asimetrías. Podemos
exculpar detalles mínimos como tropos desproporcionados: «La noche se alza sobre los techos y azoteas como un
pedazo de cartón quemado» (p. 41)[1],
descripciones dispensables: «De este modo terminaba mi hermano Esteban una de
sus más intensas y conmovedoras cartas» (p. 197)[2] y
una imprecisión que se presta a la inverosimilitud: «Apenas lo leyó, Érick
rompió en mil pedazos los papeles del “informe”» (p. 210)[3].
Sin embargo, es difícil voltear la vista frente a los desniveles del
protagonismo que adquieren las cuatro historias en conjunto. El «Episodio
primero» es una nota alta que pronto desafina cuando la historia del «Episodio
segundo» le da mayor importancia a un personaje ajeno a Leo Rubina y, al pasar
a segundo plano, su personalidad es planteada como una suerte de estereotipo
del poeta maldito. La voz vuelve a la armonía en el «Episodio tercero», pues
las historias que envuelven a Rubina cobran mayor interés, aunque sin tanta
originalidad. De hecho, la atención se la lleva nuevamente otro personaje que
se desenvuelve en la corrupción política. Y, en el «Episodio cuarto», la
historia se sirve del tema del «poder» para trazar la destrucción mortífera de
Rubina y sus allegados, pero el concepto de la «muerte» resulta endeble y
opacado por dicho tópico, como si fuese más del tercer episodio. Sin mencionar
que esta cuarta parte es la más lineal si la comparamos con sus predecesoras.
En
síntesis, Yuri Vásquez lanza una propuesta inconfundible en el panorama de la
narrativa arequipeña y, así también, se alinea en las filas de los
antinovelistas o los contranovelistas en lengua hispana. Ello es un hecho
peculiar en las provincias del país, cuyas condiciones no igualan al foco
capitalino y que, cuando suelen hacerlo, se da desde latitudes externas a las
regiones. Asimismo, los defectos hallados no son excusa suficiente para
ignorarla, su lugar está ganado en el repertorio de la literatura local e,
incluso, lo tendría en el de la literatura hispanoamericana; sin duda es una
novela que amerita reeditarse en editoriales internacionales de renombre. Por
lo pronto, conviene guardar esta obra como un experimento curioso de aciertos
rescatables y una crítica directa tanto a los regímenes totalitarios como a la
idea del buen salvaje en su pura libertad. Me atrevo a encontrar en ella el
libro más reluciente de Vásquez, cuya novelística encabeza y mira hacia abajo
el orden de relevancia que desciende por El
nido de la tempestad (2012), luego por El
círculo perfecto de la muerte (2024) y, en última instancia, por La inmensidad (2022). No obstante, este
veredicto lo dictaminará mejor la crítica venidera. Ahora, solo disfrutemos de
este jardín arequipeño de senderos que se bifurcan.
Edward Álvarez Yucra
[1]
El símil radica en el color del cartón quemado con la noche, pero la
diferencia concreta de los objetos complica la proyección de la imagen.
[2]
Este corolario viene después de que leemos la carta del hermano de un
personaje relevante. Sin embargo, si ya la hemos visto y nos ha debido conmover
con su contenido, ¿para qué aclararlo? No siempre es preciso «decir» las cosas, a veces resulta
mejor «mostrarlas».
[3]
A estas alturas de la historia, Érick Barúa es invidente, puesto que le
extirparon los ojos luego de un accidente automovilístico. Dánae, una de sus
parejas, lee y escribe por él. ¿Cómo fue que recuperó la vista para leer el
informe? Lo más probable es que se trate de una errata que produce una inverosimilitud.
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